viernes, 11 de mayo de 2012

EL AMOR Y LA DEVOCIÓN DEL PADRE PÍO

El Santo Padre Pío y Nuestra Señora


El amor y la devoción del Padre Pío por la Santísima Virgen es legendario. Verdaderamente, él pasó mucho de su ministerio ensalzando Sus virtudes y urgiendo a todos los católicos a recurrir a Su misericordiosa intercesión. Un bien conocido escritor ha sugerido que “detrás de todos los dones maravillosos del Padre Pío, su extraordinaria dirección de almas, su don de bilocación y su camaradería con los ángeles, estaba Nuestra Señora, quien lo quería como una madre quiere a su hijo, incluso hasta el punto que, después de haber estado una noche en su cuarto extenuado por los demonios, Ella fue y puso un cojín bajo su cabeza, para aliviar sus sufrimientos.”

El Padre Pío escribió a menudo de su amor por la Madre de Dios, recordándonos: “descansar vuestro oído sobre Su Corazón Maternal y escuchar Sus sugestiones, y luego sentir todos los mejores deseos de perfección nacidos en usted”. El Padre consideró a Nuestra Señora como la gran fuerza armonizante y directriz detrás del Santo Sacramento de la Penitencia, y dijo que “para comprender y hacer más fructífero el sacramento, usted debe confiarse a la inspiración y guía de la Santísima Vírgen.”

Como verdadero hijo de Nuestra Señora, el Padre Pío amó el Rosario y se sabía que rezaba las 15 decenas del Rosario tanto como 35 veces en el día. En muchas fotografías, se lo mostró con la mano derecha dentro del bolsillo en el que siempre conservaba las cuentas de su Rosario. En verdad, él urgía a todos los católicos a “amar a la Madonna y a rezar el Rosario, pues el Rosario es el arma contra los males del mundo.”

Cuando se lo consultaba sobre el papel de Nuestra Señora en el plan de Dios para la salvación, el Padre Pío respondía que “todas la gracias dadas por Dios pasan a través de Su Santísima Madre.” Fue en ese entendimiento que casi diariamente, en la última década de su vida en esta tierra, ofrecía la Misa de la Inmaculada Concepción. Se dice de haberlo escuchado decir que (Nuestra Señora) “me acompaña al altar y permanece a mi lado cuando ofrezco la Santa Misa.”

El Padre Pío y Nuestra Señora de Fátima


El Padre Pío expresaba diariamente su especial devoción a Nuestra Señora de Fátima, cuando se arrodillaba y rezaba en Su capilla dentro del monasterio, ante una gran pintura, rodeado por velas ardientes. En verdad, él atribuía a la Virgen de Fátima el haberle salvado la vida.

En 1959, la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima visitó Italia. Al mismo tiempo, el Padre Pío se puso muy enfermo y se le diagnosticó un tumor canceroso fatal. El 6 de agosto, la imagen de Nuestra Señora llegó a San Giovanni Rotondo. Levantándose de su lecho de enfermo, el Padre Pío rezó delante de la imagen y besó su pié. Cuando la imagen partía en helicóptero, él dijo: “Oh, Madre mía, cuando Tu llegaste a Italia me encontraste con esta enfermedad. Tu viniste a visitarme aquí a San Giovanni y me encontraste aún sufriendo de ella. ¡Ahora Tu te vas y no fui librado de mi enfermedad”

Cuando el Padre Pío dijo esta oración, ocurrió un milagro. En lo alto del monasterio, el helicóptero con la imagen de Nuestra Señora voló repentinamente en círculo tres veces sobre el monasterio. El piloto diría luego que él no pudo explicar como ocurrió. Al mismo tiempo el Padre Pío sintió inmediatamente que lo recorría un escalofrío. Su cuerpo fue penetrado por un chorro de luz y sintió estallar el tumor. El gritó, “¡Estoy curado! ¡Nuestra Señora me ha curado!”
“Doy gracias a la Virgen de Fátima,” escribió poco después. “El mismo día que Ella partíó, me sentí bien otra vez. He vuelto a celebrar Misa desde hace tres días.”


10 Preguentas Frecuentes Acerca de Fátima


1. ¿CUAL ES EL MENSAJE DE FATIMA?

       El Mensaje de Fátima consiste de un número específico de predicciones, peticiones, advertencias y promesas concernientes a la Fe y al mundo, que la Santísima Virgen María les transmitió a tres pastorcitos--Lucía, Jacinta y Francisco--en una serie de apariciones en Fátima, Portugal, de mayo a octubre de 1917.

2. ¿POR QUE YO DEBO CREER EN EL MENSAJE DE FATIMA? 

       Usted debe creer el Mensaje de Fátima porque:

(1) El Mensaje fue confirmado por un milagro público sin precedente, el Milagro del Sol, que ocurrió precisamente en el momento en que Lucía dijo que ocurriría. Más de 70.000 personas, incluyendo a masones, comunistas y ateos, vieron el sol girar con rapidez en el cielo, arrojar colores y descender a la tierra, hecho que contradice todas las leyes cósmicas. El evento fue reportado por los periódicos alrededor del mundo, incluyendo el New York Times.

(2) Desde que ocurrió el Milagro de Fátima, todos los Papas han reconocido que el Mensaje es auténtico. Varios Papas, incluyendo a Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, han ido en persona a Fátima. En 1982, Juan Pablo II dijo que "el Mensaje de Fátima le impone una obligación a la Iglesia".

(3) Dios ha realizado muchos otros Milagros para demostrar que el Mensaje de Fátima proviene de Él, no solamente en el momento en que ocurrió el Milagro del Sol el 13 de octubre de 1917, sino desde ese entonces hasta el presente, milagros de conversiones y curaciones que la ciencia no puede explicar por medios naturales.

(4) El Mensaje de Fátima predijo con precisión eventos mundiales, lo cual demuestra que es una profecía verdadera.

3. ¿QUE FUE LO QUE PREDIJO EL MENSAJE DE FATIMA? 

       El Mensaje de Fátima predijo con exactitud en 1917 los siguientes eventos que en efecto ocurrieron:

(1)El fin de la Primera Guerra Mundial;

(2)El surgimiento de Rusia como potencia mundial, la cual "propagaría sus errores (incluyendo el comunismo) alrededor del mundo ... fomentando guerras y persecuciones en contra de la Iglesia";
(3)la elección de un Papa que sería llamado Pío XI.

(4)la advertencia de una luz extraña en el cielo nocturno, de una segunda Guerra Mundial.

       El Mensaje de Fátima predijo también que si laspeticiones de la Virgen María en Fátima no eran cumplidas, se perderían muchas almas, "el Santo Padre tendría que sufrir mucho”, habría aún más guerras y persecuciones en contra de la Iglesia y "varias naciones serían aniquiladas”. La aniquilación de naciones predicha en Fátima aún no ha sucedido, pero muchos temen que pronto ocurrirá, dada la creciente inmoralidad y corrupción en el mundo.

4. ¿CUALES SON LAS PETICIONES DEL MENSAJE DE FATIMA?

       Nuestra Señora dijo en Fátima que Dios quería establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Nuestra Señora dijo que muchas almas se salvarían del Infierno y que el aniquilamiento de naciones se evitaría si, a tiempo, se establece la devoción a su Inmaculado Corazón, principalmente a través de estos dos medios.

(1) La Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, en una ceremonia pública solemne, hecha por el Papa y todos los obispos del mundo, y

(2) La práctica de recibir la Sagrada Comunión (así como otros actos específicos de devoción, de alrededor de media hora de duración), en reparación por los pecados cometidos en contra de la Santísima Virgen María, los primeros sábados de cinco meses consecutivos--práctica conocida entre los Católicos como la devoción "del Primer Sábado".

5. ¿SE HAN CUMPLIDO YA LAS PETICIONES DE NUESTRA SEÑORA DE FATIMA?

       No totalmente. Un número de Fieles practican la devoción "del Primer Sábado”, pero el Papa y los obispos Católicos del mundo aún no han consagrado a Rusia al Corazón Inmaculado de María en ceremonia pública solemne.

       En 1982 se le preguntó a Lucía, la última vidente de Fátima todavía viviente, quien ahora es una monja de claustro que vive en Coimbra, Portugal, si había sido suficiente el intento de consagración hecho por el Papa Juan Pablo II. Lucía respondió que ese intento no había sido suficiente, porque no se había mencionado a Rusia y los obispos del mundo no habían participado. De la misma manera, en otro intento de consagración en 1984, no se mencionó a Rusia ni hubo participación de muchos de los obispos del mundo, y la Hermana Lucía declaró inmediatamente después que esta nueva consagración también había fallado, porque no había cumplido con las peticiones de Nuestra Señora.

6. ¿CUAL ES LA ADVERTENCIA DEL MENSAJE DE FATIMA? 

       El Mensaje advierte que si las peticiones de Nuestra Señora de Fátima, de la Consagración de Rusia y de la devoción del Primer Sábado, no se llevan a cabo, la Iglesia será perseguida, habrá otras guerras grandes, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho y varias naciones serán aniquiladas. Muchas naciones serán esclavizadas por los ateos militantes Rusos. Y todavía más importante, se perderán muchas almas.

7. ¿QUE ES LO QUE PROMETE EL MENSAJE DE FATIMA?

       El Mensaje de Fátima promete que si se llevan a cabo las peticiones de Nuestra Señora de Fátima, Por fin Mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz.”

8. ¿ES VERDAD QUE LA CONSAGRACION DE RUSIA FUE HECHA EN 1984 Y QUE LA "CAIDA DEL COMUNISMO” DEMUESTRA QUE LA CONSAGRACION FUE EFECTIVA Y QUE RUSIA SE ESTA CONVIRTIENDO?

       No, no es verdad. Sabemos que no es verdad porque:

(1) El 25 de marzo de 1984, después de la consagración del mundo, el Papa Juan Pablo II dijo dos veces que la petición de Nuestra Señora de Fátima, de la consagración de Rusia, no se había hecho.

(2) Poco después del intento de consagración de 1984, en el cual no se mencionó a Rusia ni hubo la participación de los obispos del mundo, la Hermana Lucía afirmó que ésta no había sido suficiente, porque no se habían cumplido los requisitos especificados por Nuestra Señora.

(3) Es obvio que el estado moral y espiritual del mundo ha empeorado desde 1984: En los últimos 14 años se han llevado a cabo 600 millones de abortos y se han desatado guerras alrededor del mundo. Se han "legalizado” la eutanasia y los actos homosexuales. En la misma Rusia se ha aprobado recientemente una nueva ley que discrimina en contra de la Iglesia Católica y a favor del Islamismo, Budismo, Judaísmo y las iglesias Ortodoxas que ocuparon por la fuerza las parroquias Católicas bajo el régimen comunista. Es claro, entonces, que Rusia no está convertida a la Fe Católica en la forma como Nuestra Señora de Fátima lo prometió, si se cumplía con Su petición.

(4) En los últimos catorce años han habido muy pocas conversiones al Catolicismo en Rusia. En toda Rusia hay actualmente sólo 300.000 Católicos --mucho menos del uno por ciento de la población rusa. En comparación, después de la aparición de Nuestra Señora en el siglo XVI en Guadalupe, México, más de 7 millones de mexicanos se convirtieron del paganismo a la Fe Católica en un període de nueve años y México se convirtió en un país Católico.

9. ¿POR QUE ES IMPORTANTE EL MENSAJE DE FATIMA PARA MI Y MI FAMILIA?

       El Mensaje de Fátima es importante para usted y su familia porque implica la salvación de las almas, la paz en el mundo y, si no se obedecen las peticiones de Nuestra Señora de Fátima, las consecuencias serán el aniquilamiento de naciones y la esclavitud de toda la humanidad a manos de los ateos militantes de Rusia.

10. PERO, ¿NO ES EL MENSAJE DE FATIMA UNA SIMPLE REVELACION PRIVADA QUE NINGUN CATOLICO ESTA EN LA OBLIGACION DE CREER? 

       No, no es solamente una revelación privada. Es una revelación pública y profética de la Virgen María, la Madre de Dios. El Mensaje de Fátima no debe confundirse con "Revelación”, o como es también llamada, "Depósito de la Fe”, que terminó con la muerte del último Apóstol. La revelación pública y profética no debe menospreciarse. La profecía de la Virgen María fue confirmada mediante un milagro público y autenticada por toda una serie de Papas. Asimismo, sus predicciones se han cumplido.

       De esta manera, aunque la creencia en el Mensaje de Fátima, como artículo de fe, puede no serestrictamente un requisito para los Católicos, uno sería muy tonto si no hiciera caso a algo que obviamente es un mensaje del Cielo. Como lo enseñó San Pablo: "No menospreciéis las profecías. Examinádlo todo; retened lo bueno.” (Primera Epístola a los Tesalonicenses 5:20-21) La Profecía de Fátima ha probado ser digna de creerse. No debemos menospreciarla, sino adherirnos firmemente a lo que Nuestra Señora nos dijo en Fátima. 

Fuente:http://www.fatima.org/span/essentials/whatucando/sp_padrepio.asp

domingo, 6 de mayo de 2012

UNA VOCACIÓN «EXPIATORIA»



DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

23 de septiembre
SAN PÍO DE PIETRELCINA (1887-1968)
Una vocación «expiatoria»
por Alejandro de Ripabottoni, o.f.m.cap.
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El padre Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino, es el fraile de las llagas, que se santificó viviendo a fondo en carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su vocación de colaborador en la Redención. En su ministerio sacerdotal ayudó a miles de fieles de todo el mundo, principalmente mediante la dirección espiritual, la reconciliación sacramental y la celebración de la eucaristía. Juan Pablo II lo beatificó el día 2 de mayo de 1999, y lo canonizó el 16 de junio de 2002, estableciendo que se celebre su fiesta el 23 de septiembre, aniversario de su muerte.
En el rico y variado panorama de la espiritualidad del siglo XX, tal vez no se exagere demasiado cuando se afirma que el pueblo de Dios ha seleccionado a un protagonista absoluto: el padre Pío de Pietrelcina.
Su personalidad, amada y discutida en este campo tal vez más que ninguna otra, resurge todavía con más vitalidad en la medida en que el paso de los años nos van alejando de su muerte, despertando una atracción universal. Este hecho se rodea, más si cabe todavía, de colores maravillosos, si se piensa que el padre Pío, desde el año 1918 -año en el que recibió los estigmas-, hasta 1968 -año de su muerte-, no salió ninguna vez del pequeño pueblecito de San Giovanni Rotondo, en una época caracterizada por el rapidísimo y continuo acercamiento de las distancias, mediante los más sofisticados medios de comunicación.
El secreto de una presencia tan universal hay que buscarlo, sin duda alguna, en la respuesta que la gente, creyente o no, ha creído encontrar, en la imagen del padre Pío, al problema central de este siglo.
Este problema ha sido planteado por un hombre de la talla de Albert Camus, en términos urgentes: «El problema que domina al siglo XX es ¿cómo vivir sin gracia?»; «El problema concreto que yo conozco hoy es: si se puede ser un santo sin Dios». Era la gran tentación de separar definitivamente el amor por el hombre del amor de Dios: en el fondo late siempre la tentación de querer quitar de la historia el sentido cristiano de la vida.
La gente de todo el mundo sentía vivamente, todavía, que la única respuesta alternativa al problema podía y debía ser aquella vivida y sufrida por un «hombre sin letras», el padre Pío de Pietrelcina: «Todo se resumen en esto: me consume el amor de Dios y el amor del prójimo».
Se percibía, de modo inmediato, simple y sin titubeos, la confirmación de la médula misma del mensaje evangélico en la persona del capuchino estigmatizado del Gárgano: sólo un hombre de Dios puede expresar todo el amor por el hombre y lo puede expresar reproduciendo solamente, en la medida en la que es posible en un simple hombre, lapasión de Cristo.
«Deberé luchar»
Nadie o muy pocos saben quién era el padre Pío Forgione, pero todos conocen y aman al padre Pío de Pietrelcina, pueblecito situado a pocos kilómetros de Benevento, en las colinas del Sannio, de horizontes abiertos, habitado por gente trabajadora, que vive al ritmo de los trabajos del campo, resguardado de los calores meridionales y de los fríos vientos del invierno.
Francisco, que sería más tarde el padre Pío, nace en el viejo pueblecito de Pietrelcina, en el barrio del Castillo, en la tarde del 25 de mayo de 1887, hijo de Grazio María Forgione (1860-1946) y de María Josefa De Nunzio (1859-1929), y fue bautizado al día siguiente.
Grazio, junto a su deseo de trabajar, jamás perdió su alegría salpicada de bromas inocentes y fáciles gracejos. De inteligencia despierta, rápidamente ponía en práctica todo pensamiento; su dialecto era sonoro, rápido y gráfico; enjuto, pero habituado al duro trabajo; de estatura mediana, ojos vivos y parlanchines; de modales, a veces rudos y rápidos; vivía su fe sinceramente. Cuando Francisco manifestó el deseo de querer continuar los estudios para «hacerse monje», no vaciló en marcharse de casa, emigrando a América del Sur y del Norte, a fin de ganar lo necesario para el hijo estudiante.
Entonces todo el peso de la familia recae sobre las espaldas de «mama Pepa»: ojos claros, facciones correctas, de cuerpo ágil, como una adolescente, su dialecto tenía una gracia admirable; mujer seria, respetuosa, religiosa; era una pueblerina, pero tenía rasgos de «gran señora»; su hospitalidad era siempre excesiva, señorial, aun dentro de su simplicidad; tanto ella como su marido sabían poner una nota de alegría a su alrededor, dispuesta siempre a contar bellas historias y con qué maestría...
La alegría, el gracejo fácil, la ingenuidad hecha broma, el «saber contar las cosas», el padre Pío los vivió y aprendió de boca de sus padres y los revivió con una maestría encantadora.
Pasó su infancia y adolescencia en un ambiente sereno y tranquilo: casa, iglesia, campo y, más tarde, escuela. Muchacho silencioso, tranquilo y reservado; fácilmente, y con gusto, se apartaba de la compañía de sus amigos; pero el amor a la soledad no lo convertía en un ser solitario, aislado y tristón; ingenuo y casi retraído, con una extrañeza que, sin embargo, es privilegio de las almas simples y buenas, hecha de candor y no de arrogancia.
Ya desde entonces Dios lo trabaja, y la vocación, tierno germen, explica su actitud tímida y su carácter extremadamente reservado. «Los éxtasis y las apariciones -nos dice su director espiritual el padre Agustín- comenzaron cuando tenía cinco años, cuando tuvo el pensamiento y la intención de consagrarse para siempre al Señor».
El don de Dios caía en tierra fértil. Su madre nos presenta a Francisco como un niño «tranquilo y sereno»; con los años crecía en él el amor a la oración y a la penitencia; a veces, su madre, por la mañana, encontraba su camita intacta porque Francisco había dormido en tierra, con una piedra por almohada; se azotaba con una cadena de hierro, hecho que repetía frecuentemente, según testimonio de su propia madre, la cual ante la pregunta: «Pero, ¿por qué, hijo mío, te azotas así?», recibía esta respuesta del hijo: «Me debo azotar como los judíos azotaron a Jesús hasta hacerle brotar sangre de las espaldas».
De su amor a la oración y a la soledad nacía la sed de sufrimiento que con el correr de los años echó raíces cada vez más profundas en la vida del padre Pío: era una preparación a su misión corredentora.
Los padres de Francisco, apenas lo vieron capaz, le confiaron el pastoreo en el campo de dos ovejas y, mientras éstas pastaban, si estaba solo rezaba frecuentemente el rosario; si se encontraba acompañado de otros pastorcillos -son ellos mismos los que nos lo cuentan- participaba voluntariamente en sus inocentes juegos, porque Francisco «era alegre desde pequeño»; era muy querido y «era un muchacho como todos los demás», pero era educado y, sobre todo, reservado; jamás dijo palabrotas y ni siquiera las quería oír, por eso evitaba siempre la compañía de los «falsos amigos», es decir, los «desvergonzados, de palabra fácil, los pocos sinceros, los que no eran buenos muchachos».
Enjuto de tipo, pero no enfermizo, Francisco ha sido siempre «un lobo sordo», quiero decir, «de pocas palabras, que nunca aireaba sus cosas». Era «fino, fino» termina diciendo otro compañero suyo también pastorcillo, y no «un macarrón sin sal».
Lo que de verdaderamente excepcional está sucediendo en la vida de Francisco, pasaba desapercibido ante los ojos de los demás. Antes de partir para el noviciado (6 enero 1903), él mismo nos cuenta que su alma recibió una visión que le marcaba el futuro programa de su vida: «combatir como un valeroso guerrero» contra «el misterioso hombre del infierno», con valor, porque Jesús mismo, bajo la figura de un hombre luminoso, habría ayudado a su alma, «estando siempre cerca de ella para ayudarla y premiarla en el paraíso por la victoria que conseguiría, ya que confiada sólo a Él, habría combatido con generosidad».
Ya desde joven el padre Pío había comprendido que el «gran espacio» destinado a su alma era el espacio que separa a los hombres de Dios y que él debía llenar en unión con Jesús.
«Sacerdote santo - Víctima perfecta»
Vistió el hábito capuchino en el convento de Morcone el 22 de enero de 1903, y recibió su nuevo nombre: Fray Pío de Pietrelcina. Con qué propósito y con cuánta entrega vivió el año de noviciado fray Pío nos lo da a conocer él mismo en una carta autobiográfica de 1922: el Señor hacía comprender al quinceañero Francisco que para él «el puesto seguro, el hogar de paz era el batallón de la milicia eclesiástica. Y, ¿dónde podré servirte mejor, oh Señor, que en el claustro y bajo la bandera del pobrecillo de Asís?... ¡Oh Dios! deja que mi pobre corazón te sienta cada vez más y lleva a término en mí la obra comenzada por ti... Que Jesús me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de modo que el fervor continúe siempre en mí y se acreciente cada vez más hasta hacer de mí un perfecto capuchino».
El 25 de enero de 1904, dos días después de hacer la profesión temporal, partió del noviciado para continuar los estudios y prepararse al sacerdocio; después de haber permanecido en diferentes conventos, en mayo de 1908, tuvo que volver a su casa paterna por motivos de salud. Continúa privadamente los estudios siendo ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910 en Benevento, y de nuevo se queda en su casa, siempre por motivos de salud, hasta 1916.
Cada misa para el padre Pío es siempre la primera misa; la gloria es continua e inexpresable, gusta ya el paraíso, siente como un fuego que le abrasa y su boca saborea toda la dulzura de aquella carne inmaculada del Hijo de Dios.
Las luchas del espíritu no faltan en este período: grandes tormentas diabólicas, que a veces no lo dejan libre ni siquiera en las horas de descanso: el demonio lo quiere para sí a toda costa; cuando se ve al borde de la desesperación recurre a la Virgen María a la que no sabe cómo agradecer tantas y tan singulares gracias; se pone con confianza en los brazos de Jesús y que suceda lo que Él quiera; Él, ciertamente, vendrá en su ayuda. Orando a los pies de Jesús no siente ni el peso del cansancio al vencer las tentaciones, ni la amargura o el desagrado.
Durante un mes de permanencia en el convento de Venafro, en 1911, la comunidad advierte los primeros fenómenos sobrenaturales: «Asistí, y no fui yo el único -escribe el padre Agustín en su diario-, a varios éxtasis y a muchas vejaciones diabólicas. Escribí, entonces, todo lo que escuché de su boca durante el éxtasis y cómo sucedían las vejaciones satánicas».
Constreñido a vivir «desterrado en el exilio del mundo, es decir, fuera del convento, en Pietrelcina, como sacerdote se esfuerza por tratar a todos con cordialidad y confianza: el mundo campesino del que proviene es también su propio mundo; va al campo y, lo mismo que antes, saluda, dice buenas palabras de ánimo, acepta voluntariamente la invitación de pararse a descansar, aunque sea por un momento, bajo la sombra de un árbol si hace calor, o dentro del cortijo si hace mal tiempo; en los campos y a los campesinos les habla de Dios en su típico «dialecto».
Su apostolado ministerial se reduce a ayudar al párroco en la administración de los sacramentos, excepto oír confesiones para lo que el Provincial no le concede licencia en los primeros años de haber cantado misa, por motivos de salud y por carecer entonces de la suficiente experiencia moral. Hacia finales de este período (1914-1915) inicia la dirección espiritual de algún alma que otra, pero, por correspondencia, y siempre con permiso expreso de los superiores.
Pero mucho más que en estas formas visibles, el padre Pío manifiesta su celo por las almas a través del estado de víctima, vivido intensamente como irradiación de la virtud salvífica de Jesús y del sufrimiento del cuerpo y del alma, requerido y aceptado como participación personal y generosa por el rescate de la humanidad redimida y pecadora. Este es su programa trazado desde el día de su ordenación sacerdotal y vivido intensamente día tras día: «Jesús, mi aliento y mi vida, hoy que trepidante te elevo en un misterio de amor, haz que contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo y víctima perfecta».
Una multitud de almas
El 17 de febrero de 1916 vuelve definitivamente «a la sombra de san Francisco» y su primer destino es el convento de Santa Ana de Foggia.
El recién iniciado apostolado de la pluma y de la dirección comienza a extenderse, convirtiéndose el padre Pío en el centro de un movimiento de intensa espiritualidad, hasta llegar a ser un director buscado: «una muchedumbre de almas», sedientas de Dios, «cae sobre sus espaldas», envolviéndolo en una «vorágine» de ocupaciones. Pocos días antes de partir para San Giovanni Rotondo le manifestaba a su director espiritual: «Debéis saber que no tengo ni un momento libre... Ante tan abundante cosecha me alegro mucho en el Señor porque veo que van aumentando las filas de las almas elegidas y Jesús es cada vez más amado».
En septiembre de 1916 se traslada «provisionalmente» a San Giovanni Rotondo, para respirar un poco el aire de la montaña y allí permanece, sin embargo, hasta su muerte (23 septiembre 1968), cincuenta y dos años continuos, salvo las ausencias debidas al servicio militar, un viaje a Roma y la estancia de un mes en el convento de San Marcos la Catola.
Cuando el padre Pío llega a San Giovanni Rotondo (4 de septiembre de 1916), el convento, alejado del pueblo, estaba rodeado de un profundo silencio, la iglesia conventual era frecuentada por pocas personas y en los alrededores, de vez en cuando, sólo se oía el sonido del campanillo de alguna oveja o cabra cuando pastaba por las montañas de los alrededores del convento.
En aquel paraje solitario reinaba, sin embargo, la paz y la alegría debido a la presencia de tantos hermanos, confiados a la dirección espiritual del padre Pío que voluntariamente se confesaban con él y seguían con atención sus conferencias; y él, para « perfeccionamiento» del grupo, al que ama «tiernamente» y por el cual no quiere ahorrarse «molestias personales», pidió permiso para ofrecerse como «víctima» al Señor.
Con su presencia, la soledad del convento iba desapareciendo poco a poco en la medida en que las almas sedientas de Dios descubrían en el fraile recién llegado una llamada poderosa de lo divino, mucho antes del reclamo visible de los estigmas: «una muchedumbre de almas sedientas de Jesús cae sobre mis espaldas hasta el punto de tenerme que llevar las manos a la cabeza», afirma el padre Pío en 1916. «Las horas de la mañana se me pasan todas oyendo confesiones», pudo escribir en vísperas de los estigmas el 29 de julio de 1918. «Vengo sosteniendo casi diecinueve horas de trabajo, sin apenas un poco de descanso», comunica a su director espiritual el 16 de noviembre de 1919, a poco más de un año de haber recibido los estigmas.
La clientela mundial
La característica más típica de la poderosa llamada de lo divino realizada por el padre Pío durante cincuenta años, es la universalidad. Casi como por una especie de atracción de gravedad, de todas las partes del mundo se moviliza la gente para acercarse al padre Pío.
Gente de todas las edades, de toda clase social, de cualquier condición económica, de todas las jerarquías eclesiásticas y políticas, de todo nivel cultural; gente de todas las naciones, de todas las razas acude al padre Pío con su carga de problemas y necesidades.
Y cuando la gente no puede viajar hasta él, escribe centenares, quizá miles de cartas al día en todos los idiomas: desde los más diferentes dialectos italianos a la mayoría de las lenguas más difundidas en el mundo.
La novedad del hecho manifiesta una especie de revolución copernicana en San Giovanni Rotondo, realizada por el padre Pío en un momento histórico en el cual se pone de relieve la respuesta al mandamiento evangélico: «Id a todo el mundo», con un exagerado activismo. Pero en San Giovanni Rotondo se cumple aquello que Jesús había dicho de sí mismo: «Venid todos a mí». Autorizada y manifiestamente este hecho ha sido puesto de relieve por el papa Pablo VI cuando se ha referido a la «clientela mundial» del padre Pío.
Y es natural preguntarse con fray Maseo: «¿Por qué a ti, por qué a ti, por qué a ti?»... Y la respuesta, una vez más, viene dada por el propio Pablo VI que define al padre Pío como «el representante marcado con los estigmas de nuestro Señor» (20 septiembre 1971). La gente no lleva a San Giovanni Rotondo sólo su carga de problemas y necesidades, sino que en lo más íntimo de su alma lleva consigo la única necesidad de ver a Dios y a Jesucristo en el hombre de Dios que es el padre Pío. Se repiten las maravillas de Dios: «Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré todos a mí».
El mundo percibía claramente la respuesta alternativa al problema fundamental de su siglo: no se puede ser santos sin Dios, no se puede vivir sin la gracia. «Siento asiduamente una voz que me dice: santifícate y santifica», había dicho el padre Pío a una de sus hijas espirituales en el lejano noviembre de 1922.
Y con intuición maravillosa la gente de todo el mundo comprendía rápidamente que las señales en las manos, en los pies y en el costado del primer sacerdote estigmatizado no podían ser interpretadas sino como «motivos de credibilidad» de la misión del padre Pío en el mundo contemporáneo de ser clavado en la cruz para actualizar la redención; y comprendía más pronto todavía que los dones carismáticos concedidos por Dios al padre Pío -como el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de la bilocación, los efluvios y perfumes olorosos- no eran otra cosa que «medios providenciales para acreditar el misterio de la reconciliación con Dios».
Sin embargo, la «clientela mundial», al mismo tiempo, crecía en torno al padre Pío por otra línea de fuerza, de naturaleza esencialmente espiritual: la dirección de las almas, la confesión sacramental y la celebración de la misa.
El director espiritual
El padre Pío inició su actividad de dirección espiritual, en el sentido ordinario de la expresión, con un primer grupillo de almas desde su llegada a San Giovanni Rotondo. Los puntos clave fueron dos encuentros semanales con conferencias en común, la propuesta de los medios de perfección más principales, según la doctrina común tradicional, y la unidad de padre espiritual y confesor.
No es erróneo el reconocer en este pequeño grupo el primer «grupo de oración», según su propósito de formar «pocas y bien formadas almas que a su vez serán simiente para otras almas», y, según su misma sugerencia expresada en el desarrollo de las reuniones: «Los materiales están preparados -dijo-, ahora comenzar a construir». Pero el aspecto más notable de la dirección espiritual del padre Pío y de su estatura como director espiritual se puede deducir de la dirección por correspondencia, considerada por los expertos como extraordinaria. El epistolario publicado comprende tres volúmenes. Tal correspondencia, interrumpida por orden del entonces Santo Oficio el 2 de junio de 1922, ocupa ciertamente un puesto de honor entre los epistolarios clásicos del género.
Motivos de espacio no permiten ni siquiera una sumaria indicación de las características y dimensiones de la dirección espiritual hecha por el padre Pío, y por eso hay que remitirse a los estudios realizados por el padre Melchor de Pobladura: En la escuela espiritual del padre Pío y Problemática de la dirección espiritual en el epistolario del padre Pío.
La novedad de tal dirección no hay que buscarla tanto en los medios y en las indicaciones de teología espiritual cuanto en la constancia de vivir en primera persona y en hacer vivir a las almas dirigidas las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la figura del director espiritual.
Con este fin, conviene hacer aquí una primera observación y es que, en la galería de las muchísimas almas dirigidas por él, el padre Pío conmensura el hilo conductor del compromiso en santificarse a la gran variedad de edad, cultura, condición social o profesión de cada una de las personas. El padre Pío se nos revela como un genial y santo artista del método diferenciado. Le dijeron en una ocasión: «Padre, verdaderamente sois todo de todos». Y él añadió rápidamente: «Corrige. ¡Soy todo de cada uno! Cada cual puede decir: el padre es mío».
Esta totalidad de rendición voluntaria, centrada en cada una de las almas, está basada en la profunda convicción de actuar por mandato de Dios: «Yo soy un instrumento en las manos divinas, que sólo sirve para algo si es manejado por el artífice divino». La exigencia de que los demás vean a Dios y no la imagen del director es el segundo punto relevante, el cual nos permite explicar, con dificultad pero de forma segura, la fuerza moral, a veces brusca y dolorosa, ejercitada al guiar las almas hacia Dios.
«Siguiendo al padre Pío -confiesa cándidamente una hija espiritual- se sufría fuertemente: sus pruebas, sus reprensiones, su diferente trato con las almas, partía de dolor el corazón y se necesitaba mucha fe para decir que su modo de proceder así era justo».
Un tercer elemento de relieve, que subraya su constante vocación corredentora, es la clara, sincera, íntima participación del director espiritual padre Pío en las angustias, conflictos interiores, desolaciones y penas de las almas dirigidas: «Siento como mías vuestras aflicciones». «Haré míos todos vuestros dolores y todos los ofreceré en holocausto al Señor por vosotros». Es el método de la dirección espiritual participada que caracteriza específicamente al padre Pío como director espiritual y hace más eficaz su trabajo como guía de la perfección. El padre Pío se sentía dirigiendo a las almas como el «pobre cireneo», el «piadoso cireneo que lleva la cruz por todos».
El confesor
«No tengo un minuto libre: todo el tiempo estoy dedicado a librar a las almas de los lazos de Satanás... Aquí acuden innumerables personas de toda clase y de ambos sexos con la sola finalidad de confesarse y para este solo fin se me requiere».
Es el retrato de una de sus jornadas que el padre Pío hace en una carta del 3 de junio de 1919, llegando a poder escribir en marzo de 1921: «Trabajo siempre sobre el dolor y el trabajo es tanto que no tengo tiempo ni siquiera para concentrarme sobre mí mismo y es un verdadero milagro el que no llegue a perder la cabeza».
Este «milagro» se repetirá durante cincuenta años, día tras días, salvo el período de 1931-1933 en el que el entonces Santo Oficio tomó la medida de suspenderlo del ministerio de la confesión. Tratar de hacer un balance de las personas que se han confesado con el padre Pío resulta imposible, pero la anotación de 15.000 mujeres y 10.000 hombres confesados por él, hecha por el cronista de San Giovanni Rotondo sólo en el año 1967 -el año anterior a su muerte-, lleva una connotación de un «milagro» persistente. De hecho, ya en 1919 el padre Pío podía escribir invocando a «muchos trabajadores en la viña del Señor, ya que es una verdadera crueldad mandar a su casa a centenares e incluso a miles de almas el día que vienen desde países tan lejanos con la sola finalidad de purificarse de sus pecados». Él tiene clara conciencia de su «vocación para el sacramento de la penitencia», vocación, por otra parte, combatida desde el principio por sus superiores por varios motivos (hasta en 18 cartas desde abril de 1911 a 1913 se habla de ello), pero siempre sólidamente mantenida de modo que el padre Pío en 1954 pudo decir al padre Agustín: «Prefiero que me lleven sobre una silla antes que no poder ya confesar».
No parece poder individualizarse otra razón de este aspecto maravilloso de la actuación de la gracia de Dios, que la exigencia de actualizar en el capuchino estigmatizado de Pietrelcina lo que el papa Juan Pablo II ha definido como «el derecho a un encuentro cada vez más personal del hombre de Cristo crucificado que perdona...; y, al mismo tiempo, el derecho de Cristo mismo hacia cada hombre redimido por Él. Y el derecho a encontrarse con cada uno de nosotros». Un derecho que en San Giovanni Rotondo continúa reafirmándose en las mismas dimensiones y quizás en proporciones mayores en torno a la tumba del padre Pío.
Confesarse con el padre Pío no era una empresa fácil: había que afrontar largos viajes y la incomodidad de una larga permanencia en San Giovanni Rotondo, con las implicaciones relativas a gastos económicos, mientras llega el turno de las confesiones; y las perspectivas no eran siempre las de ir a un encuentro fácil, cómodo, cariñoso. De hecho, la confesión con el padre Pío tenía todas las características de un encuentro personalísimo, frecuentemente dramático, pero siempre era una terapia desconcertante para las almas.
«Firme y decidido -decía el cardenal Lercaro- hasta el punto de ser brusco y desagradable; y, al mismo tiempo, abierto y amable hasta transmitir la paz y la serenidad a quien desde años o quizás nunca la había saboreado como para enamorarse de la fe, del sacrificio y de la entrega generosa, incluso a quien llegaba a él -sin ni siquiera saber el por qué- con escepticismo y deliberada reticencia».
«Su confesonario -escribió L'Osservatore Romano al anunciar la muerte del padre Pío- era un tribunal de misericordia y de firmeza; incluso aquellos que partían sin haber obtenido la absolución tenían, en una muy gran mayoría, ansia de volver y de encontrar paz y comprensión, mientras que para ellos se había abierto ya un nuevo período de vida espiritual».
A quien le preguntaba: «Padre, ¿por qué tratáis tan duramente a vuestros hijos?», respondía: «Quito lo viejo y pongo en su lugar lo nuevo. La operación evangélica de la conversión no se realiza sin dolor, incluso cuando se hace sólo por amor».
La misa del padre Pío
La jornada diaria de la vida del padre Pío era extremadamente monótona: coro, iglesia, celda, los paseos por la huerta y, más tarde, la galería del convento, tanto que en las «Relaciones bimestrales» del convento de San Giovanni Rotondo se podría afirmar «estar él muerto para el mundo».
Sin embargo, de esta monotonía destacaban poderosamente dos polos extraordinarios en los cuales el mundo entero entraba en la vida y en el corazón del padre Pío: el confesonario y el altar. Ellos son también -se puede pensar con seguridad- los dos polos de la vocación corredentora y de la atracción ejercida por el padre Pío sobre su siglo. El momento más glorioso era, sin embargo, el de la santa misa.
La celebración de la misa era para él un drama sufrido cotidianamente, pero sentía un desconsuelo extremo cuando estaba impedido para celebrar la misa. A quien le preguntaba: «En la misa, ¿morís también... por amor o por dolor?», el padre Pío respondió: «Más por amor».
El padre Pío celebraba muy temprano, ordinariamente a las 4,30 de la mañana; la «clientela de todo el mundo» esperaba durante más de una hora en la puerta de la iglesia para conseguir los puestos más cercanos al altar y participar en la misa.
En la porfía por participar de un modo directo en su misa, no faltaban malos modos para conseguir los primeros puestos, pero tales incorrecciones que hoy se tendrían sólo en acontecimientos políticos, económicos o deportivos, eran, como por fascinación, transferidos por el padre Pío a un «espectáculo de Dios», de amor doloroso como es la santa misa. Es un hecho que no es fácil explicar con los comunes argumentos humanos u ordinariamente eclesiales.
Es cierto, sin embargo, que durante la misa del padre Pío se establecía concreta y visiblemente lo que Juan Pablo II ha llamado el «clima de la eucaristía».
Y no cabe duda de que los centenares de miles de personas que han asistido a la misa del padre Pío han percibido en ella el vértice y la plenitud de su espiritualidad.
Unido al Hijo por medio de la Madre
El padre Pío murió estrechando entre sus manos la corona del rosario; no podía ser de otra manera porque la imagen del padre Pío vivo era inseparable de la corona del rosario: ésta formaba parte, por así decirlo, de su misma estructura física.
El rezo del rosario a la Virgen era como el tejido que unía los espacios que había vacíos entre confesar, decir misa, la vida de comunidad y las visitas. Podía parecer como algo mecánico para un observador extraño, pero era sólo el signo visible de una realidad mucho más profunda y maravillosa.
Esta realidad no era sino el amor filial, expresado en el epistolario y en el modo de hablar, con una sinfonía de apelativos bellísimos: «querida madrecita», «bella madrecita», «bella Virgen María», «bendita madre», «tierna madre», «queridísima madre», «celestial madrecita», «pobre madrecita».
Es en el fondo una ternura teológica ya que María es para el padre Pío el «camino que lleva a la vida», la «vía para llegar a feliz término». Camino y vía que le llevan a combatir por la salvación: «Protegido y conducido por tan tierna madre lucharé hasta que Dios quiera, con la seguridad y confianza puestas en esta madre».
Por eso, el rosario es un arma en sus manos. Camino y vía que llevan al misterio de la cruz: «La Virgen dolorosa nos alcance de su santísimo Hijo el adentrarnos cada vez más en el misterio de la cruz hasta embriagarnos con ella en los padecimientos de Jesús»; camino y vía que nos conducen al amor a la cruz: «La santísima Virgen nos alcance el amor a la cruz, a los sufrimientos, a los dolores: ella que fue la primera en poner en práctica el evangelio en toda su perfección, en toda su rigurosidad, incluso antes de que se publicara».
Es esta «querida madre» la que le da conciencia de su misión en el mundo: «Salgamos con ella junto a Jesús fuera de Jerusalén, símbolo y figura... del mundo que rechaza y reniega de Jesucristo»; es ella la que le acompaña en el sacrificio. «Pobre madrecita, qué bien me quiere. Lo he constatado hermosamente de nuevo al comenzar este bello mes. Con qué cuidado me ha acompañado en el altar esta mañana».
De este modo el padre Pío puede expresar así en síntesis su devoción mariana: «Me siento estrechamente ligado al hijo por medio de esta madre sin ver siquiera las cadenas que tan fuertemente me religan».
«Sufrir con Jesús y como Jesús»
El fundamento de la espiritualidad y la razón de un don tan insólito como los estigmas, por los cuales el padre Pío no percibía sino «confusión» y «humillación», radica en lo que él mismo expresa con desarmada simplicidad: «He sido encontrado digno de sufrir con Jesús y como Jesús».
Su «vocación de corredimir» a la humanidad constituye una misión especial que ha caracterizado toda su vida: el Señor «me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será otra cosa que un martirio» (junio 1913); «el mismo Jesús quiere mis sufrimientos, tiene necesidad de ellos para las almas».
Él comprende la belleza de esta misión, y para «agradar», «consolar», «complacer» a Jesús, se vacía siempre del todo en sus penas: sufrir y sufrir «sin un verdadero consuelo» para aliviar más los dolores del buen Jesús; es esta «toda la razón por la que deseo sufrir y sufrir sin recibir consuelo, haciendo de ello toda mi gloria»; «Jesús me dice que en el amor está El mismo que me ama; en los dolores, en cambio, soy yo el que lo amo a Él».
La fuente inagotable de su fortaleza, generosidad y perseverancia es la cruz: «Sufro y sufro mucho, pero gracias al buen Jesús, me encuentro todavía con un poco de fuerza; ¿y de qué no será capaz la criatura cuando se siente ayudada por Jesús? Yo no deseo ciertamente sentirme aliviado del peso de la cruz, ya que sufrir con Jesús me resulta grato; contemplando a Jesús con la cruz sobre sus espaldas me siento más fortalecido y exulto con santa alegría». La meta de la vía dolorosa no es otra que el monte Calvario: «La cruz será plantada sobre el Gólgota, pero hace falta reconocer que el paso que hay que dar para colocar allí la cruz requiere todavía tiempo, y, después, para agonizar allí con Jesús, se requiere también tiempo». Y dirigiéndose a Dios con confianza temerosa de sí mismo: «Tú me has hecho subir hasta la cruz de tu Hijo y yo me esfuerzo por adaptarme a ella de la mejor manera: estoy convencido de que jamás bajaré de ella».
Pero el padre Pío revela también el secreto de este sufrir con Jesús y como Jesús: «Quizá no me haya expresado bien todavía respecto al secreto de este sufrir. Jesús, varón de dolores, querría que todos los hombres lo imitasen. Ahora bien, Jesús me ofreció también a mí este cáliz; yo lo acepté para no ahorrarme nada».
Y a una hija espiritual le dice la verdad desnuda: «No es la justicia, sino el amor crucificado el que te crucifica y te quiere a sus penas amarguísimas sin consuelo y sin ningún otro sostenimiento que el de las desconsoladas angustias. La justicia no tiene nada que castigar en ti sino en otros, pero tú, víctima, expías por los hermanos lo que todavía falta a la pasión de Jesucristo. Esta es toda la verdad, la sola verdad». Verdad experimentada en sí mismo: «Hijo mío, tengo necesidad de víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame el sacrificio de toda tu persona»; «Oh qué bella cosa convertirse en víctima del amor».
Pero sufrir con Jesús y como Jesús es también signo de una alternativa de vida: «Sé que sufro; pero el sufrimiento, ¿no es quizás el signo cierto de que Dios te ama? Sé que sufro; pero este sufrimiento, ¿no es quizás el distintivo de toda alma que ha escogido como su lote y heredad a un Dios, y a un Dios crucificado?».
Es la misma voluntad de Jesús: «Jesús ha escogido como estandarte la cruz y, por eso, quiere que todos sus seguidores deban patear el camino del Calvario, llevando la cruz, para después expirar tendidos sobre ella». En este sentido interpreta, refiriéndose al texto paulino, el sacramento fundamental del cristiano, el bautismo: «Lo que fue la cruz para Jesucristo, esto es para nosotros el bautismo».
Maestro insuperable de la espiritualidad de la pasión, el padre Pío es un pionero en orientar la vida bajo el signo de la cruz antes que bajo el esplendor de la resurrección: «Jesús glorificado es hermoso; pero aun cuando lo sea tal, me parece que lo es mayormente estando crucificado».
Consumido por el amor de Dios y el amor del prójimo
La espiritualidad de la Pasión tiene en el padre Pío una horma única expresada por él mismo con fuerza, de esta manera: «Me consume el amor de Dios y el amor del prójimo»; está sólidamente basada en la lógica del amor descrita en 1 Jn 3,16: «En esto hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por los hermanos».
El itinerario místico del padre Pío describe esta lógica. El epistolario, sobre todo el primer volumen, documenta el misterio del encuentro de su alma con Dios que le enriquece con dones místicos empujándole al compromiso de «vivir para los hermanos» (1 enero 1921). «Me consuela saber que crecen las tempestades porque esto es señal de que se va estableciendo en ti el reino de Dios», intuye felizmente el director espiritual del padre Pío, padre Agustín de San Marcos in Lamis, en octubre de 1910. Y ya en 1912, mientras el padre Pío vive un progresivo estado de purificación interior y sufre la presencia constante de «barbablú» (el diablo), permitido por el «buen Jesús» sucede la fusión de su corazón con el de Jesús: «¡Oh, qué suave fue el coloquio mantenido con el paraíso en esta mañana! Fue tal que queriéndome esforzar por querer decirlo todo no podría; sucedieron cosas que no pueden traducirse en un lenguaje humano, sin perder su sentido profundo y celestial. El corazón de Jesús y el mío, permíteme la expresión, se fusionaron. No eran más dos corazones que latían sino uno sólo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua se pierde en el mar» (18 abril 1912).
La fusión de los corazones tiene inmediata resonancia de participación en el prójimo: «Padre mío, si pudiese volar, querría hablar fuerte, querría gritar a todos con toda la voz que tengo en la garganta: amad a Jesús que es digno de amor» (28 junio 1912); y se basa en la sed de sufrir para salvar: «Él escoge las almas y entre éstas, a pesar de mi desmerecimiento, ha escogido también la mía para ayudarse en el gran negocio de la salvación humana... Esta es la razón por la que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin consuelo; en esto consiste toda mi gloria» (20 septiembre 1912).
El punto de llegada de esta alma «abandonada en Dios» (29 marzo 1911), «enamorada de Dios» (6 octubre 1911) y convertida en torrente que desemboca «en el océano sin orillas del amor de Jesús» (9 agosto 1912), está indicado claramente en dos cartas de 1914, complementarias también casi por la contemporaneidad, las cuales describen «la situación que se produce entre el alma y Dios»: «Ahora es Dios mismo aquel que inmediatamente actúa y obra en el centro del alma sin el concurso de los sentidos tanto internos como externos... El alma... siente que todo su ser está concentrado y recogido en Dios... En esta situación, los sentidos, los apetitos, los deseos, los afectos, el alma toda gravita en torno a Dios con una fuerza y presteza maravillosa y lo que más extraña es que ni el alma misma advierte su propio movimiento» (9 febrero 1914).
La fusión de los corazones ha sido el preludio afectivo significante, casi sacramental, de la íntima unión con Dios,tan admirablemente descrita como maravillosamente vivida.
Pero he aquí cómo emerge desde el centro del alma ocupada por Dios la compasión de las miserias ajenas, en particular, respecto a los pobres necesitados. «La grandísima compasión que siente el alma a la vista de un pobre le hace nacer en su propio interior un vehemente deseo de socorrerlo, y si yo mirase a mi propia voluntad llegaría hasta despojarme finalmente de mi propia ropa para vestirlo. Si luego sé que una persona está afligida, bien en el alma o en el cuerpo, qué no haré unido al Señor para verla libre de sus males. Con tal de verla libre asumiría con gusto todas sus aflicciones, cediendo en su favor los frutos de tales sufrimientos, si el Señor me lo permitiese» (26 marzo 1914).
Después de esta conquista se adentran en el alma del padre Pío las tinieblas de la «noche oscura»: «Es la alta noche para el alma... Los bellos días pasados con el dulcísimo Jesús desaparecen del todo de la mente... Para mí todo está perdido» (4 mayo 1914); «todo es desierto, todo es desconsuelo» (20 junio 1915); «todo es oscuridad en torno a mí y dentro de mí» (19 julio 1915). Una filigrana de amor doloroso atraviesa el alma desierta y oscura dando un significado de ofrecimiento al abandono: «lo que más me hiela la sangre alrededor del corazón es que muchas de tales almas se alejan de Dios, fuente de agua viva, por el solo motivo de que ellas se encuentran ayunas de la palabra divina» (20 abril 1914); «los horrores de la guerra, padre mío, me tienen continuamente en una mortal agonía. Quisiera morir para no ver tantos estragos, y si el buen Dios quisiera concederme en su misericordia esta gracia, le quedaría muy reconocido» (20 mayo 1915).
El padre Pío se ofrece a Dios por su provincia religiosa «usque ad effusionem sanguinis» (16 febrero 1915); encuentra justa la prueba del abandono y de la «profunda noche del espíritu», porque «no es justo que en tiempo de luto nacional, incluso mundial, haya un alma que porque no esté en el campo de batalla, al lado de sus hermanos, tenga que vivir, aunque sea por un sólo instante, en la alegría» (20 junio 1915); habla frecuentemente con Jesús de la guerra y una vez recibe una señal misteriosa «¿Querrá él mismo, quizás, intervenir en el arreglo de esta conflagración mundial?» (19 diciembre 1917).
Por Italia, apenas entrada en guerra, reza: «Vayan dirigidas nuestras plegarias, sobre todo, a desarmar la cólera divina para con nuestra patria... aprende, al menos... cuán dañoso es para las naciones alejarse de Dios» (7 septiembre 1914).
Se ofrece víctima cada día por los pobres pecadores, «otros tantos Lázaros», y se lamenta: «Por tanto, ¿no ha sido grato al Señor el holocausto que yo le había hecho y todavía lo vengo haciendo de toda mi persona?» (17 octubre 1915).
Hay que pensar que puede ser este el momento en el que el padre Pío conquista ante Dios el derecho a la «clientela mundial».
Pero precisamente cuando se siente «descendido al infierno desde esta vida» (31 enero 1918), y se lamenta dolorosamente: «Estoy perdido, sí, estoy perdido en lo desconocido» (4 junio 1918), y en la carta del anonadamiento total del 19 de junio de 1918 se acusa de «no tener ni la caridad hacia Dios ni caridad hacia el prójimo» y se siente «abandonado de Dios» y «a punto de naufragar», el padre Pío es objeto de una nueva gracia maravillosa de Dios: el toque sustancial o beso de amor.
Esto sucedió el 30 de mayo de 1918, festividad del Corpus Christi, y probablemente se repitió también el mes siguiente el 29 de junio, fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
«Me sentí totalmente agitado, me llené de un terror extremo y me faltó poco para morir; después me vino una completa calma jamás antes experimentada por mí. Todo este terror, agitación y calma que se sucedían la una a la otra, fue causado en mí no por la vista sino por algo con lo que me sentí tocado en la parte más secreta e íntima del alma. No puedo decir más cosas sobre este acontecimiento». Pero, apenas descrito este toque sustancial del alma por parte de Dios, el padre Pío señala un hecho simultáneo: «Durante este acontecimiento me llegó el momento de ofrecerme todo entero al Señor con la misma finalidad que tenía el Santo Padre (cfr. Motu proprio Quartus iam annus, de Benedicto XV, de 9 de mayo de 1918 en el cual se pide una misa propiciatoria por la paz) al recomendar a la Iglesia entera el ofrecimiento de oraciones y sacrificios» (27 julio 1918).
La experiencia mística del padre Pío revela claramente la unión indisoluble entre el amor de Dios que penetra el alma y el amor del prójimo que se vuelca en oferta total y universal hacia los hermanos. El alma del padre Pío queda así preparada para la «dura, áspera, aguda y penetrante acción» que tendría lugar el 5-7 de agosto de 1918 y sería descrita en la carta del 21 de agosto de 1918, la transverberación o asalto del serafín: «Estaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de pronto todo se llenó de un terror extremo a la vista de un personaje celeste que se me aparece ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una especie de lanza semejante a una larguísima lámina de hierro con una punta muy afilada y que parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo esto y observar a dicho personaje arrojar con toda violencia la antedicha lanza en el alma fue todo una sola cosa. Con dificultad emití un gemido, sentía que moría. Dije al muchacho que se retirase porque me sentía mal y no tenía fuerzas para continuar. Este martirio duró, sin interrupción, hasta la mañana del día 7. Lo que sufrí en este período tan luctuoso, no sabría decirlo. Veía también que las vísceras eran desgarradas y como estiradas detrás de aquella arma y todo era sometido a hierro y fuego. Desde aquel día hasta hoy estoy herido de muerte».
La misma carta del 21 de agosto de 1918 que define de modo ejemplar una de las cimas de la experiencia mística del padre Pío, contiene, de una parte: «la clara, real, experimental visión de mí mismo y de confirmación en la irrevocable sentencia (de condena) que quizás Dios haya dado sobre mí»; de otra, enuncia la firme convicción de que «es Dios quien obra todo esto».
El amor activo de Dios se cambia en el «temor y temblor» del alma: «El asalto, avanza, avanza y avanza siempre y me hiere en el centro... ¿Qué querrá de esta criatura?» (6 septiembre 1918).
Dios, percibido distintamente como «Dios-Bondad» (5 septiembre 1918), como «Dios-Amor» (6 septiembre 1918), realiza la «estigmatización», mientras el alma está convencida del «rechazo» que Dios ha hecho de ella (21 agosto 1918).
El padre Pío llama más veces a la estigmatización «mi crucifixión».
La estigmatización
La «estigmatización» completa la herida del alma. Los primeros signos del prodigio aparecieron en el otoño de 1910; después los signos desaparecieron, pero los dolores continuaron. Su «crucifixión» tiene lugar en el coro la mañana del 20 de septiembre de 1918, después de la celebración de la santa misa, cuando «asombrado del descanso, semejante a un dulce sueño», los sentidos internos y externos con las mismas facultades del alma «se encontraron en una quietud indescriptible». Se hizo un silencio total «en torno a mí y dentro de mí; rápidamente le siguió una gran paz y el abandono a la completa privación del todo y como un descanso en la misma ruina. Todo sucedió como un relámpago».
«Y mientras sucedía todo esto, me encontré ante un personaje misterioso, semejante al que vi la tarde del 5 de agosto, que se diferenciaba con éste solamente en que tenía las manos, los pies y el costado manando sangre. Su vista me aterrorizó; no sabría deciros lo que llegué a sentir en aquel instante. Creí morirme y hubiese muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostenerme el corazón, que parecía salírseme del pecho. Desaparece el personaje de la visión y yo me encuentro con que mis manos, pies y costado han sido traspasados y manaban sangre. Imagínate el desgarro que experimenté entonces y que vengo experimentando continuamente casi todos los días».
La estigmatización fue comprobada como hecho de lesión anatómica de tejidos por el profesor Luigi Romanelli, director del hospital civil de Barletta, por el profesor Amico Bignami, catedrático ordinario de patología médica de la universidad de Roma y por el doctor Giorgio Festa con distintas visitas médicas entre octubre de 1919 y julio de 1925, haciendo de ello una descripción minuciosa. El hecho en sí no era puesto en discusión por los médicos, sino la génesis del hecho: de una parte está la interpretación positivista, sintetizada así por el profesor Bignami: «a) que los estigmas hayan sido establecidos artificial y voluntariamente; b) que sean la manifestación de un estado morboso; c) que sean en parte el producto de un estado morboso y en parte artificiales». De otra parte está la enérgica y razonada exposición del profesor Romanelli y del doctor Giorgio Festa a tal hipótesis interpretativa extremadamente reductiva.
En 1925 el doctor Festa comprobó la permanencia de los estigmas con «los mismos caracteres que los había descrito en las primeras relaciones». Después de las decisiones tomadas por el Santo Oficio de guardar silencio sobre estas cosas, no se tuvo ocasión de examinar las llagas en modo esmerado, pero su permanencia sigue siendo atestiguada por los médicos, religiosos y laicos que las habían visto hasta pocos meses antes de la muerte del padre Pío, cuando comenzó una rápida reconstrucción de los tejidos hasta desaparecer totalmente las heridas en el momento de la muerte.
Es digno de hacer notar que desde que el padre Pío tiene grabadas en su carne las señales del crucificado, una nueva angustia hizo presa en él: «Cansado y sumergido en la extrema amargura, en la desolación más desesperada, en la angustia más angustiosa, no por no poder encontrar ya a mi Dios, sino por no ganar o no ganar a todos los hermanos para Dios» (6 de noviembre 1919).
Dos fuerzas se disputan el centro de su alma: «Las dos fuerzas que, en apariencia, parecen extremadamente contrarias, la de querer vivir para ayudar a los hermanos en este exilio y la de querer morir para unirme al esposo, que en estos últimos tiempos las siento agitarse superlativamente en la punta más alta del espíritu» (8 octubre 1920). El «querer ayudar a los hermanos» no se ha limitado mientras tanto a la salvación espiritual sino que ha sido algo concreto con la demanda hecha a los superiores de utilizar ofertas y de recurrir a los bienhechores «por la gloria de Dios y para alivio del prójimo» (14 junio 1920). El «vivir para los hermanos» es la «cúspide»: «Soy vertiginosamente transportado a vivir por los hermanos y consiguientemente a embriagarme y a saciarme de aquellos dolores que aún voy irresistiblemente lamentando» (1 enero 1921). Tanto que el 30 de enero pudo atreverse hasta llegar al absurdo: «Continuaré violentando el corazón divino».
Poco antes de que el fin del epistolario haga caer el telón sobre el viaje del alma del padre Pío hacia Dios y hacia los hombres (mayo 1922), nos ha dejado una declaración programática: «He trabajado, quiero trabajar; he rezado, quiero rezar; he vigilado, quiero vigilar; he llorado, quiero llorar cada vez más por mis hermanos exiliados» (23 octubre 1921); y nos ofrece una representación plástica de la misión del padre Pío en el mundo: «¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece por el mal y no entristecerse igualmente? Ver a Dios que está a punto de descargar sus rayos y para pararlos no hay otro remedio si no es alzando una mano para detener su brazo y la otra dirigirla conmovida al propio hermano, por un doble motivo: que echen de sí el mal y que se alejen, rápidamente, del lugar donde se encuentran porque la mano del juez está para descargarse sobre él» (20 noviembre 1921).
La florescencia del amor
El 5 de mayo de 1956 el mismo padre Pío presentaba a una desbordada multitud la «Casa Alivio del Sufrimiento», «criatura de la Providencia»: «Se ha plantado en la tierra una semilla que el Señor Dios calentará con sus rayos de amor. Un nuevo ejército hecho de renuncia y de amor está por aparecer para gloria de Dios y consuelo de las almas y de los cuerpos enfermos. No nos privéis de vuestra ayuda, colaborad en este apostolado de ayuda al sufrimiento humano..., para que esta obra no perezca por inanición, sino se convierta en la ciudad hospitalaria técnicamente adecuada a las más audaces exigencias clínicas y, al mismo tiempo, al orden ascético de franciscanismo militante. Lugar de oración y de ciencia donde el género humano se reencuentra con Cristo crucificado como una sola grey con un solo pastor».
La voz de Pío XII bendecía y alababa el hospital de San Giovanni Rotondo, como «fruto de una de las más altas intuiciones de un ideal largamente madurado y perfeccionado al contacto con los más variados y más crueles aspectos del sufrimiento moral y físico de la humanidad. La obra conseguida con paciencia y tenacidad, se presenta como un magnífico acontecimiento, como uno de los hospitales mejor dotados de Italia» (8 mayo 1956).
El principio que debe inspirar la «Casa Alivio del Sufrimiento» es el de ver «en cada necesitado a Cristo». «Esta obra -decía el padre Pío el 5 de mayo de 1957-, si sólo fuese alivio de los cuerpos, sería sólo una clínica modelo», pero no, «se trata de hacer operante el amor de Dios, mediante el reclamo de la caridad. El que sufre debe vivir en ella el amor de Dios por medio de la sabia aceptación de sus dolores. En ella el amor a Dios deberá corroborarse en el espíritu del enfermo mediante el amor a Jesús crucificado que emanará de aquellos que atienden la enfermedad de su cuerpo y de su espíritu. Aquí los que están hospedados, médicos, sacerdotes serán reserva de amor, que, mientras más abundante sea en uno, tanto más se comunicará a los demás».
Otra realización social del hombre «devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo» es el alivio de un sufrimiento que sangra más que una llaga, el sufrimiento de los inocentes con la institución de numerosos «centros» de asistencia a los niños minusválidos. La «catedral de la inocencia» surge también -así se ha escrito- en el ámbito de la expansión de la «Cáritas» cristiana interpretada íntegramente por el padre Pío en el doble intento de «realizar la caridad como justicia social» para con los inocentes perjudicados por la ley de la vida y de una «educación al sufrimiento», aliviado, sí, por la ciencia humana, pero que permanecerá siempre como un signo indeleble y absurdo humanamente; todo ello alcanzará significado tan sólo si se parte de una consciente visión cristiana del mundo.
La urgencia de la obligación de estar cerca de cada hombre y de servir con los hechos a aquel que pasa a nuestro lado, la ha sentido y practicado el padre Pío en todos los modos y con todos los medios desde los años veinte: en 1925, debido a su interés y con los fondos recogidos entre los fieles admiradores, se levanta en San Giovanni Rotondo el pequeño «Hospital civil de San Francisco», verdadera bendición de Dios para los habitantes de San Giovanni; en los años cincuenta, bajo su estímulo, florecen escuelas maternas y un centro de formación profesional; se facilitan, desde los comienzos de su presencia en el pueblecito gargánico, medicinas, comida, ropa, alquiler de casa a los pobres enfermos y necesitados del pueblo, hospedaje en institutos a jóvenes pobres, muchachos, huérfanos, sordomudos, muebles a jóvenes casamenteros, trabajo a los parados...
Al campo de irradiación benéfica de la caridad del padre Pío se debe añadir «la fuerza no estructurada e invisible, como el aire que respiramos, pero concreta e inmensa, de la caridad indirecta del padre Pío. En el mundo de hoy, el nombre y la realidad del padre Pío se han convertido en la llave de oro para violentar amorosamente cualquier corazón humano, para ponerlo al servicio del prójimo».
Finalmente, el sendero de cabras que desde el pueblo llegaba hasta el convento de los capuchinos y la antigua y pobre aldea que era en 1921 San Giovanni Rotondo han sido «recreados» en su asentamiento constructivo, social y económico por la simple presencia de un hombre de Dios.
Por la caridad en el espíritu se realiza una obra específica con los «Grupos de oración» -después de las reiteradas llamadas de Pío XII a la oración comunitaria, concebida como valioso vínculo para unir las almas buenas y como reto para atraer a la salvación a las almas alejadas-, cuya finalidad quiere establecer el propio padre Pío: «viveros de fe, hogares de amor en los cuales Cristo mismo está presente cada vez que se unen por la oración y el ágape fraterno».
El movimiento no tuvo siempre una vida fácil, pero la pequeña semilla evangélica ha crecido hasta convertirse en árbol frondoso y cargado de frutos: «El padre Pío de Pietrelcina -afirma Pablo VI- entre las muchas cosas buenas y bellas que ha realizado está el haber creado tan gran cantidad, un río de personas que oran y que, con su ejemplo y en la esperanza de ayudarse espiritualmente, se dedican a la vida cristiana y dan testimonio de comunión en la oración, en la pobreza de espíritu y en la energía de la profesión cristiana» (24 septiembre 1975).
Los «Grupos de oración», que están extendidos por casi todo el mundo conocido, son 1.840 (hasta abril de 1981), de los cuales hay en Italia 1.599 y 241 en otras naciones.
En los brazos del amor
A las 2,30 del 23 de septiembre de 1968 moría el padre Pío y, continuando sorprendiendo al mundo hasta el final, de su mano izquierda caía la última costrilla del lugar de la herida y nos dimos cuenta que «en el costado, en los pies y en las manos no había más heridas ni cicatrices» (Informe «in fede» del padre Rafael de S. Elia a Pianisi, 21 febrero 1969).
La documentación fotográfica hecha en presencia de cuatro testigos (Informe «in fede» del doctor Giuseppe Sala el 7 de julio de 1969) ofrece la maravilla de una piel vuelta suave, lisa, juvenil en las manos, pies y costado.
Si la permanencia durante cincuenta años de heridas profundas que sangraban había traído problemas, un problema nuevo, ciertamente, planteaba su total desaparición sin dejar cicatrices.
El jesuita padre Giorgio Cruchon, profesor de Psicología pastoral en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, comentaba así este hecho: «¿Qué más se querrá para aceptar la realidad de los estigmas, sobre todo si estas llagas estaban integradas en una vida totalmente dedicada a Dios y a la oración, al servicio del prójimo (y no en una vida cerrada en la sola contemplación), en una vida de fidelidad continua, sin altibajos de tipo neurótico, en una vida de paciencia y de obediencia heroica, en medio de medidas disciplinarias tomadas contra él, en una vida de caridad ejemplar en comunidad, que no quería hacer daño a nadie?».
Pero quizás la clave de comprensión más segura puede estar en lo que el propio padre Pío escribía el 19 de noviembre de 1916: «Yo no deseo otra cosa que o morir o amar a Dios; o la muerte o el amor».
Las heridas, signos de muerte, desaparecían ante los brazos del Amor, tendido para depositar sobre su cuerpo la «espléndida corona» prometida y para liberarlo definitivamente de estos signos externos que le sirven de confusión y de humillación indescriptible e insostenible.
El cardenal Ursi, realzando el hecho insólito, lo encuadra así en la vida del padre Pío: «El padre Pío estuvo llagado en el cuerpo, como Cristo, para destruir males y sufrimientos del mundo contemporáneo, pero, rápidamente, tras su muerte, su carne, en las partes afectadas por las misteriosas heridas, creció verdaderamente, para indicar la certeza de la resurrección final, la renovación de la humanidad, que él en cierto modo preanunciaba, y también para mostrar las credenciales de su especial misión encomendada por Dios para el bien de los hermanos de atraerlos a la salvación».
Su causa de beatificación fue introducida el 23 de noviembre de 1969. La amplísima documentación fue entregada a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos el 16 de enero de 1973. Y está todavía en el estudio de dicha congregación que debe también examinar todo cuanto sobre el padre Pío se encuentra en la Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de introducir oficialmente la causa.
Mientras tanto, con conocimiento de datos y de hechos, a 28 años de la muerte del padre Pío se puede afirmar que la renovación de la humanidad continúa en San Giovanni Rotondo en torno a su tumba y en el mundo sin demasiados ruidos pero, profundamente, con la oración, la confesión, la misa y el alivio del sufrimiento.
[Añadamos que el padre Pío de Pietrelcina fue beatificado por Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999, y canonizado por el mismo Papa el 16 de junio del 2002].
Fuentes biográficas.- Pio da PietrelcinaEpistolario. I Corrispondenza con i direttori spirituali (1910-1922), a cura di Melchiore da Pobladura e Alessandro da Ripabottoni, San Giovanni Rotondo 1973; II Corrispondenza con la nobildonna Raffaelina Cerase (1914-1925), idem 1975. III Corrispondenza con le figlie spirituali (1915-1923), idem 1977. Los tres volúmenes contienen amplias introducciones que nos dan a conocer, aunque de forma limitada, los destinatarios, origen, vicisitudes y contenidos del epistolario. Agostino da S. Marco in Lamis,Diario, a cura di Gerardo Di Flùmeri, San Giovanni Rotondo 1975.

Alejandro de Ripabottoni, O.F.M.Cap., Pio de Pietrelcina. Una vocación «expiatoria», en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo II. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1997, págs. 321-348.
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martes, 24 de abril de 2012

LA CONFESIÓN Y EL PADRE PÍO


LA CONFESIÓN, PRINCIPAL VOCACIÓN DEL PADRE PÍO

El Padre Pío, dice uno de sus superiores, es un sacerdote que cumple asiduamente con sus deberes de estado. Se levanta a las tres y media y se prepara para la misa en su celda para no molestar a nadie, y luego va directamente a la sacristía.

Al principio, las mujeres formaban fila para confesarse desde las dos de la mañana, y a veces la policía debía dirigir a la multitud que se apiñaba junto al confesionario. Desde enero de 1950, todas las penitentes debieron conseguir un número de orden para evitar confusiones. En 1952 hubo que adoptar el mismo sistema también para los hombres.

Confesar es su principal vocación, la que le permite apaciguar su insaciable sed de almas. Desea ser considerado exclusivamente como confesor. No predica, y el Santo Oficio le ha prohibido escribir desde 1924. Empero, el Padre Pío no tiene en cuenta los límites de la resistencia física. Él examina, juzga, condena y absuelve según lo que Dios le inspira. Su confesionario es más que una cátedra, más que un tribunal, es una clínica para las almas. Acoge a los penitentes de diversas maneras, según las necesidades de cada uno y sin plan preconcebido. Abre los brazos a éste en una exuberancia de alegría, diciéndole de dónde viene aún antes de que haya abierto la boca. Y a otros los llena de reproches, los amonesta y hasta los trata con rudeza. A algunos se niega a recibirlos y les dice que vuelvan más adelante, cuando estén mejor preparados. La misma afabilidad, la misma sonrisa de bienvenida, la misma severidad se prodiga al sabio, al personaje, al paisano humilde e ignorante.

La condición social del penitente nada cuenta, sólo ve su alma, su alma al desnudo. Suele suceder que tenga más indulgencia con un gran pecador que lo conmueve por su ignorancia de las leyes divinas, que un creyente que no cumple con sus deberes religiosos, una de esas personas que se dicen católicas pero que por pereza no dedican a Dios ni una hora por semana. En donde no encuentra hipocresía sino sinceridad, se muestra bondadoso, con una benevolencia que dilata el corazón del penitente cuando le dice: "Ve en paz, Jesús te ha puesto a prueba y te bendice". Pero a veces sorprende por su brusquedad, cuando con palabras duras y cortantes denuncia el escándalo, sobre todo los chismes y mentiras de las mujeres. Se mostraba inflexible con los penitentes que consideran la murmuración como una falta leve. Con mayor severidad aún, condena el Padre Pío los pecados contra la pureza y la maternidad, y no perdona sin estar seguro de un firme y categórico propósito de enmienda. Los malhechores que van contra la generación y el matrimonio, deberán pasar varios meses de prueba antes de ser absueltos.

A menudo cierra la mirilla del confesionario en la cara de un penitente sin interrogarlo. Esto ha ocurrido hasta con personas que se confesaban periódicamente en otro lugar. ¿Por qué?. Porque posee el don divino de ver como en un relámpago lo que se le escapa a los confesores ordinarios.

El Padre Pío, a no dudarlo, sufre una verdadera agonía cuando el Señor le ordena tratar con dureza a un alma, pero lo hace así para que su penitente tome conciencia y comprenda que los Sacramentos y la Comunión no son cosa de juego. Que es algo grave lavar su alma y recibir a Cristo, a ese Cristo Jesús a quien ama el Padre Pío, mientras el pecador y la multitud lo desconocen.

A una de sus hijas espirituales que le confesó que le era insoportable la vista de sus enemigos, le contestó: "Si tú no amas como el Señor quiere que los ames, firmarás tu propia condenación. Haz el bien a tus enemigos por amor a Jesús". Así comenta el texto evangélico que dice: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a quienes aborrecen, rogad por los que os persiguen y calumnian, y así seréis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?".

¿En qué forma confiesa?. A menudo sabe de antemano lo que el penitente le va a decir. Si éste se olvida de mencionar un detalle cualquiera de un pasado lejano, el Padre Pío se lo recuerda. A veces hace breves preguntas que sirven para abreviar las confesiones y que resultan impresionantes prueba de su doble vista.

¿Cómo puede saber?. El Padre conoce a cada penitente mejor de lo que él mismo se conoce, y al arrodillarse ante él, el pecador ve con más claridad sus pecados. Sin embargo, el Padre no dice todo lo que descubre. A veces se queda silencioso, a la espera. El penitente siente su conciencia removida hasta lo más hondo, y no puede mantener en secreto el pecado que ocultaba. Lo confiesa, y el confesor dice simplemente: "Eso es lo que esperaba".

Un joven complotaba matar a su mujer y simular que se trataba de un suicidio, para poder así continuar sin tropiezos una unión ilícita. A fin de apartar toda sospecha de culpabilidad, consintió en escoltar a su compañera a San Giovanni. No bien puso los pies en la Iglesia, ella se sintió atraída por una fuerza magnética hacia la sacristía, que se encuentra en el otro extremo de la Iglesia, detrás del altar mayor. El Padre Pío, desocupado en ese momento, se acercó para interrogarle. El hombre no había pronunciado una sola palabra, cuando sintió que lo tomaban del brazo y lo empujaban con violencia: "Sal , sal de aquí!, le gritaba el fraile. Miserable!, ¿ignoras que no tienes el derecho de manchar tus manos con la sangre de tu esposa?".

El hombre huyó como empujado por la tormenta. Durante dos días vagó sin rumbo. En la imposibilidad de recuperar la calma, volvió al monasterio, y el Padre Pío lo acogió como acogía Jesús a los grandes pecadores. Cuando el hombre hubo terminado su tremenda confesión, le dijo: "No teníais hijos y ambos deseabais uno. Vuelve a tu hogar, y vuestro deseo se cumplirá". Cuando su mujer, a quien nunca había visto el Padre Pío, vino un día a confesarse, a las primeras palabras que pronunció, oyó que el Padre le decía: "No temas nada ya, tu marido no te hará ningún mal". Después de años de esterilidad, ella dio a luz una criatura.

Un sacerdote había ido a San Giovanni para confesarse con el Padre Pío, y tuvo que cambiar tren en Bolonia. Cuando hubo terminado su confesión, el Padre le preguntó si no haba omitido nada. El sacerdote contestó con sinceridad que no recordaba nada más; entonces replicó el Padre Pío: "No lo hizo usted con malicia, pero se trata de una negligencia grave que ha ofendido al Señor. Usted llegó a Bolonia a las cinco de la mañana. Como las iglesias estaban cerradas, usted se fue al hotel para descansar un poco antes de decir misa y se quedó dormido hasta las tres de la tarde. Ya no era hora de la misa, y su negligencia ofendió a Dios".

Antes de que se pronuncie palabra alguna, el Padre Pío sabe si el que se acerca a él es sincero o no, si es un convencido o un simple curioso. Un médico entró cierta vez en la sacristía, pareció cambiar de idea y volvió a salir. ¿Quien es ése?, ya volverá, afirmó rotundamente el Padre. En efecto, el médico volvió bien pronto. Al instante le dijo el Padre: Usted es un delincuente, y quiere eludir el Tribunal. Lea de una vez esa carta!. Se trataba de la recomendación de un amigo. El médico la leyó, palideció, cayó de rodillas a los pies del Padre, imploró perdón y lo obtuvo.

Nuestro capuchino lee también el pensamiento a la distancia, como lo prueba un número incalculable de hechos. He aquí uno como muestra:

Dos hermanas habían logrado a duras penas que su padre les permitiera ir a ver al Padre Pío, pero le habían prometido formalmente no besarle el guante, ese guante besado por tantos labios, por temor al contagio. Las jóvenes lo prometieron, pero cuando vieron entrar al capuchino a la iglesia, y a la gente apiñarse en torno suyo, no pudieron resistir la tentación. Entonces él las miró sonriendo: "¿Han olvidado su promesa? ".

Cuenta un conocido médico italiano que una noche de enero de 1936, estaba en la celda del Padre Pío con éste y otros dos laicos. De pronto el Capuchino se arrodilla y les pide que recen "por un alma que está a punto de compadecer ante el tribunal de Dios". Todos se arrodillaron, y luego el Padre les preguntó: ¿saben ustedes por quién han rezado? - No - fue la respuesta. Pues por el Rey de Inglaterra.

Entonces intervino el doctor: pero Padre, leí en los diarios de hoy que el Rey tiene un ligero resfrío sin ninguna novedad. El Padre Pío se contentó con responder: "Créanme". Cuando llegaron los diarios a mediodía, se vio que el Rey de Inglaterra había fallecido en el momento preciso en que el Padre Pío pidió simultáneamente a sus amigos oración.

Una joven de Benevento, cuyo marido había perdido la vista, recibió esta explicación del Padre Pío: "Su ceguera garantiza su salvación, tiene que permanecer ciego, es un castigo que Dios le envío por haber golpeado a su padre". La pobre mujer no podía creer a sus oídos. En cuanto al lisiado, empezó por negar, pero acabó por reconocer que a la edad de dieciséis años había golpeado brutalmente a su padre con una barra de hierro.

El Padre Pío era un gran trabajador del confesionario. Pero su carisma de visión de almas le daba una herramienta muy especial, en su tarea de convertir a muchos de sus visitantes. Durante décadas las personas peregrinaron de a miles a San Giovanni, buscando la sanación de los pecados a través de un instrumento como el Santo del Gargano. Qué bueno sería encontrar en estos tiempos muchos fieles deseosos de lavar sus almas con el agua de la misericordia, como aquellos que acudían a ver a Pío. Qué bueno sería también encontrar sacerdotes dispuestos a sacrificarse en el confesionario, como lo hacía el Padre Pío.

La Misa del Padre Pío.
Desde que el Padre Pió hace la señal de la Cruz al pie del altar de San Francisco, su rostro se transfigura. Ya no es sólo el sacerdote que celebra el Santo Sacrificio, es también el hombre de Dios, el elegido para dar testimonio de su existencia, elegido para colaborar con Dios en el martirio de las cinco llagas, el oficiante que es crucificado con Él y que muere místicamente con Él en cada una de las misas.

Cristo habita en el Padre Pío y el Padre Pío hace suya la encarnación de Cristo. Si el Padre Pío no estuviese modelado en Cristo, ¿cómo explicar los sufrimientos que se reflejan en su rostro, las contracciones de su cuerpo, sus esfuerzos para levantarse después de sus genuflexiones, como si el peso de la cruz lo abrumara?. ¿Y qué decir de sus estados de éxtasis prolongados, que lo transportan lejos de este mundo caótico?. Se lo ve inclinar la cabeza, sonreír con esa sonrisa luminosa con que acepta los pedidos de sus fieles, y de pronto estalla, y sus lágrimas caen abundantes. Los testigos siguen mudos e inmóviles esta misa cuya celebración dura dos horas. ¿Dos horas?. No!, parecen dos minutos!. Los fieles de ayer, los de todos los momentos y aún los que nunca fueron creyentes, todos de rodillas, parecen clavados al suelo, fijos sus ojos en esas manos diáfanas. Extática persuasión que transforma a los incrédulos, a los masones, a los protestantes, a los ateos, en fervientes católicos. Por pedido de Pío XII, después de la liberación de Roma, miles de soldados americanos recibieron autorización para asistir a la misa del Padre Pío, lo que tuvo como resultado la conversión de muchos muchachos protestantes.

El momento de la Consagración siempre es el punto cúlmine de la Misa de Pío. Eleva la Hostia, el Cuerpo de Cristo, y se queda inmóvil por largos minutos, interminables. Sus oraciones llegan al Cielo, mientras admira a Nuestro Señor Presente en la Eucaristía. Cuando se le pregunta porque toma tanto tiempo en la Consagración, él se limita a responder: ¿acaso existe un tiempo para rezarle al Señor?.

Pío es el testimonio de la importancia de la Eucaristía como centro de nuestras vidas. Cristo Vivo se hace presente en todos los altares, alrededor del mundo, todas las horas de todos los días del año. Ese es el misterio del Sacrificio Perpetuo. Y es el Padre Pío quien mejor nos muestra cómo un alma consagrada debe vivir la entrega de Nuestro Señor. Todos los sacerdotes del mundo debieran tomar su ejemplo de piedad frente a la Celebración de la entrega que Dios hace por nuestra salvación. Este profundo misterio parece ser olvidado por el mundo actual, que tiende a cometer el enorme error de considerar la Misa como una recordación, y no como lo que realmente es: Cristo vivo presente en los Altares !

La Presencia Celestial en la vida de Pío.
El Padre Pío vivió rodeado del Cielo desde temprana edad. El contacto con Jesús, María, los ángeles custodios, santos y almas del purgatorio, era habitual para él. Pero raramente daba testimonio, debido a su humildad. Sin embargo, era imposible ocultar sus contactos. En cierta oportunidad se escucharon aplausos y gritos en la iglesia, sin que nadie fuera visible. Ante la pregunta a Pío, él dijo: he estado orando por muchos soldados muertos en la guerra, y un grupo de ellos ha venido a agradecer mi oración, ya que iban camino del purgatorio hacia el Cielo.

A un niño enfermo, Pío se le presentó en bilocación y le anunció la futura visita de la Virgen. Cuando el niño hubo recibido la Presencia de la Madre del Cielo, Pío se volvió a presentar y le dijo: es hermosa, ¿no?. Yo la he visto muchas veces pero aún no dejo de admirarme de su belleza. Tú la recordarás por el resto de tu vida.

Daba especial importancia a los ángeles custodios. Nuestros ángeles nos siguen durante toda la vida, y aún después, y sin embargo no los consideramos. Debemos orarles, pedirles ayuda, reconocer su presencia como siervos de Dios, puestos allí para nuestra asistencia. La oración de los ángeles custodios debe ser dicha diariamente, así como deben ser invocados para nuestro consuelo y ayuda. Pío tuvo muchas oportunidades para manifestar la presencia de los ángeles a sus circunstanciales visitantes.

Por supuesto que la Presencia de Cristo en la vida de Pío era resaltable, su oración era un diálogo permanente con el Señor, y su testimonio de imitación se manifestaba a través de sus Estigmas.

No puede entenderse al Padre Pío en su acabada magnitud espiritual, sin aceptar abiertamente lo sobrenatural en nuestro mundo. La Presencia Celestial se manifiesta en el mundo de diversas formas, y el Santo del Gargano era como una puerta abierta al Cielo, para dar testimonio de esperanza a quienes tenemos débil nuestra fe.

El perfume a santidad del Padre Pío.
El olor de santidad, no solo en sentido figurado, es cosa familiar en los Siervos de Dios. Es inútil decir que los incrédulos se ríen a carcajadas de él, como también de sus estigmas. Pero también contra eso tropieza la ciencia. Ningún desinfectante, ni la tintura de yodo, ni el fenol, pueden engendrar ese olor agradable, muy peculiar, que emana de la sangre de las llagas del Padre Pío, como lo han confirmado los diversos estudios médicos que se le realizaron. Además estos han observado que la sangre no se corrompe, como ocurriría normalmente, de no tratarse de un fenómeno sobrenatural.

El olor es fugaz. Los visitantes a la celda de Pío sugieren que cuando un individuo lo percibe es señal de que Dios derrama sobre él una gracia por intercesión del Padre Pío. Perfumes de violetas, lirios, rosas, incienso y tabaco fresco, a veces de gran persistencia, como lo atestigua el Dr. Festa ( fallecido en 1940 ). Éste ha escrito: "Cuando examiné por primera vez el costado del Padre Pío, guardé un trocito de género manchado de sangre, pensando examinarlo en el microscopio. Como carezco de olfato, no observé nada extraño. Pero un personaje de importancia y otros señores que volvían conmigo de San Giovanni a Roma, y que nada sabían del género guardado en mi caja de instrumentos, percibieron - pese al viento que entraba por la ventanilla del auto - un olor muy marcado, igual al que según ellos emanaba del Padre Pío.

En Roma, durante largo tiempo, ese género fue conservado en un armario de mi consultorio, y a tal punto llenaba de efluvios la habitación que muchos de mis pacientes me preguntaban espontáneamente de dónde venia ese perfume."

Don Carlos Predriale, escribano genovés esperaba en la sacristía la llegada del Padre Pío, acompañado de su hijito de tres años. No bien entró aquel, el niño tiró de la manga a su padre, preguntando: "¿Papá, qué es lo que tiene tan rico olor?".

Una noche de verano, en el quinto piso de un edificio situado en el centro de Génova, un grupo de señoras hablaban del Padre Pío. De pronto dos de ellas sintieron un efluvio con un característico perfume a violetas, mientras las otras no sintieron nada. Pero un poco más tarde, una tercera señora -un ser de excepción, por otra parte- entrando en la sala tuvo la impresión de entrar en un campo de violetas. Esto no quiere decir que haya que estar en estado de gracia para percibir "el olor de santidad". Por el contrario, hay incrédulos y grandes pecadores que han sido sensibles a él, como primera señal de su conversión. No es, pues, un premio al mérito ni a la fe.

La señora Vera Berlotto Bianco, de Veglio Mosso, escribió: "Siempre tengo muchísimo gusto de hablar de nuestro querido Padre Pío. El sábado pasado recibí la visita de un profesor que goza de gran renombre en Biella: deseaba que le diera unos datos sobre el Padre. Para asombro nuestro, nos inundó de pronto una deliciosa fragancia que persistió desde las nueve hasta las once. Qué alegría para mi marido y para mí!. El profesor se sintió tan conmovido, que decidió ir a San Giovanni. Dichoso de él!".

Otro testimonio de julio de 1949. "Discúlpeme que vuelva a insistir sobre las gracias que ha realizado para mí el Padre Pío. El 11 de febrero mi madre estaba grave. Yo oí una voz - la del Padre Pío - que me urgía a que fuese a verla, porque se moría. Partí sin demora, y después de un viaje de 50 km. llegué justo a tiempo para recoger su último suspiro". "La segunda gracia la obtuve el Jueves Santo. De pronto me inundó un fuerte olor a incienso, luego a rosas, y comprendí que el Padre se me había manifestado en esa forma". "Finalmente, la tercera gracia, la más importante para mí, la recibí el 27 de julio. Esa mañana fui despertado por un violento aroma de violetas, cuya intención comprendí cuando el cartero me trajo una carta de un hermano al que no veía desde treinta y dos años atrás, y al que creía muerto."

Es habitual el caso de perfumes celestiales, rosas, incienso, violetas, en eventos de Presencia Celestial. En muchas apariciones de María se produce este fenómeno, yo da un testimonio de fe y conversión poderoso. Sólo aquellos que lo vivieron saben lo majestuoso que es sentir que el Cielo todo se manifiesta detrás de un hecho tan simple como percibir con los sentidos, algo que físicamente no está allí. Además, es habitual que el Cielo deje testigos que no sienten los perfumes, como forma de corroborar que se trata de un hecho místico o. No son más que señales de Presencia, regalos. La cuestión es qué hacemos con ellos, una vez recibidos. ¿Podemos seguir viviendo como antes?. ¿Nos lo permite nuestra conciencia?.

La reacción de la Iglesia a la existencia del Padre Pío.
Podemos decir sin dudarlo que el santo del Gargano sufrió la incomprensión de muchos sacerdotes durante buena parte de su vida. De hecho tuvo prohibición de escribir desde 1924 hasta su muerte. También estuvo confinado en su celda durante casi una década, sin poder celebrar misa, confesar, tener contacto con el mundo exterior. Muchísimos investigadores de la iglesia fueron enviados desde el vaticano a San Giovanni, con la aparente intención de demostrar que lo que allí ocurría no era cierto ni posible. Sin embargo, Pío siempre amó a la iglesia, cuerpo Místico de Jesús. Con absoluta obediencia y entrega, cumplió todo lo que se le pidió, con la asistencia de Jesús y María. Finalmente, durante la década de 1930 fueron liberándose las limitaciones, y volvió a su vida monacal más abierta. Con el paso de los años, hubo varios intentos de reunirlo con el Santo Padre, que nunca llegaron a realizarse.

Sin embargo fue el pueblo quien dio la nota, más allá del intento oficial de ocultar o acallar sus estigmas y manifestaciones: la gente.

El pueblo siempre creyó, y se volcó de a miles, durante décadas, a visitarlo. Y cuando más se lo limitaba desde la iglesia, más fuerte era el grito pacífico de resistencia. Todo indicó que no podía silenciarse el llamado de Dios a San Giovanni Rotondo. Y es el haber pasado por estas pruebas lo que da más validez y crédito a su santidad.

El Padre Pío fue beatificado, pero ahora estamos frente al hecho tan deseado, reclamado por décadas por cientos de miles de personas alrededor del mundo.

En diciembre de 2001 el Vaticano emitió el decreto de reconocimiento de milagros y virtudes heróicas que allanan el camino para la canonización del Padre Pío. Las puertas están abiertas para que recibamos a San Pío, para nosotros el Padre Pío.

Él ya es santo, vaya si lo es. El Cielo entero canta alabanzas a esta joya tan especial del alhajero de Jesús y María: el Santo del Gargano está más que nunca indicándonos el camino de la gloria eterna, el camino de llegada a la Patria Celestial.

El mensaje del Padre Pío.
A diferencia de otros casos de hechos místicos, Pío no fue instrumento de mensajes específicos sobre el futuro de la humanidad, pese a que existen mensajes falsos atribuidos a él. El mismo Padre Pío fue el mensaje, su vida, su actitud, su deseo de santidad.

Sin embargo, es posible recoger escritos previos a la prohibición que le estableció la iglesia en 1924, y referencias sobre su mensaje espiritual, revelados por quienes lo escucharon.

Tomemos estos verdaderos principios de vida como una balsa de salvación para nuestras almas.

Dijo el Padre Pío: A Dios se le busca en los libros, se le encuentra en la meditación.

La vida del cristiano no es más que un perpetuo esfuerzo contra sí mismo. El alma no florece sino merced al dolor.

A alguien que temía haberse equivocado, el Padre le dijo: "Mientras tema, usted pecará". La persona replicó: "Tal vez, Padre, pero se sufre tanto!". Dijo Pío: "Es indudable que se sufre, pero es menester distinguir entre el temor de Dios y el miedo de Judas. El demasiado miedo nos hace obrar sin amor, mientras que la demasiada confianza nos impide observar con inteligente atención aquel peligro que debemos vencer. Ambos deben ayudarse uno a otro como dos hermanos".

Si logras vencer la tentación, es como si lavaras tu ropa sucia.

Quien no medita, decía cierta vez, me recuerda al hombre que no hecha una mirada al espejo antes de salir, y poco cuidadoso de su aspecto, aparece en público desaliñado sin darse cuenta.

La persona que medita y vuelve su espíritu a Dios, que es el espejo de su alma, despista a sus faltas, las corrige lo mejor que puede y pone en orden su conciencia.

Alguien preguntó un día al Padre: "¿Cómo podemos distinguir la tentación del pecado?". Sonrió el Padre, y contestó con otra pregunta: "¿Cómo distinguir a un asno de un ser razonable?. En que el asno se deja guiar, mientras que el ser razonable tiene las riendas". Él se refería al control de la voluntad, ya que el pecado se materializa cuando el mal toma control de nuestros actos o pensamientos. La tentación es obra de satán, y siempre existirá como amenaza en nuestro interior, tratando de apoderarse de nuestra voluntad.

Por nuestra calma y nuestra perseverancia, no sólo nos encontramos a nosotros mismos, sino también a nuestras almas y al mismo Dios.

Un hombre pidió al Padre Pío que curase a su madre. Le mostró su retrato y le dijo: "Padre, si yo lo merezco, bendígala". "Ma che mérito. En este mundo, ninguno de nosotros merecemos nada. Es el Señor, en su infinita bondad quien es tan amable como para colmarnos de sus dones, porque todo lo perdona".

El Padre Pío detesta la máxima: "Cada uno para sí mismo, Dios para todos". La encuentra egoísta, demasiado de este mundo que sólo piensa en sí mismo. Él propone esta otra de su cosecha: "Dios para todos, pero nadie para sí mismo".

Un día, reporteado sobre la penitencia y la mortificación, el Padre se expresó en estos términos: "Nuestro cuerpo es como un asno al que hay que azotar, pero no demasiado, porque si cae, ¿quien nos llevará a cuestas?".

El demonio no tiene más que una puerta para entrar en nuestra alma: la voluntad. No existen entradas secretas. Ningún pecado es pecado sin nuestro consentimiento. Cuando falta la participación del libre albedrío, no hay pecado sino debilidad humana.

Alguien se lamentaba diciendo que lo torturaba el recuerdo de sus faltas. "Eso es orgullo, le interrumpió el Padre. Es el demonio el que le inspira ese sentimiento, no es una verdadera tristeza". "Pero, ¿cómo podré discernir entre lo que viene del corazón, lo que es inspirado por Nuestro Señor y lo que, por el contrario, proviene del diablo?". "Por este signo inconfundible: el espíritu del demonio excita, exaspera, nos inyecta una especie de angustia, cuando la caridad nos lleva en primer lugar a buscar el bien de nuestra alma. Luego, si ciertos pensamientos lo agitan, tengan por cierto que vienen del diablo".

A una persona que tenía vocación de curar almas y le preguntaba cómo debía proceder con los que son sordos a los llamados de la caridad, el Padre contestó: "Procura atraerlos por el amor y la caridad, dando sin esperar algo a cambio. Y si con esto fracasas, entonces repréndelos. Cristo hizo el Cielo, pero también el infierno".

En algunas ocasiones el Padre Pío dice a sus hijos espirituales: "Pan y azotes ayudan muchas veces a criar espléndidos muchachos".

Un joven le confesó que temía amarlo más que a Dios. A lo que el Padre replicó: "Usted debe amar a Dios con un amor infinito a través de mí. Usted me quiere porque lo dirijo hacia Dios que es el Ser Supremo. Yo no soy más que un medio. Si lo guiara hacia el mal, dejaría de amarme".

Un día una penitente le confió que le parecía imposible vivir lejos de San Giovanni, tanta era la felicidad que sentía en su presencia. El Padre le hizo la siguiente observación: "Para los hijos de Dios no existe la distancia, hija". Como la joven no parecía convencida, sacó su reloj: "Dígame, ¿ que ve en el centro?. El eje, Padre. Exacto. El eje, como Dios, está inamovible, y las agujas corren ligadas al centro, y las agujas miden el tiempo. En resumidas cuentas, el espacio que separa los números del centro, carece de importancia: Dios es el centro, los números son las almas, pero hay también un Padre Pío que sirve de puente".

La prudencia tiene ojos. El amor piernas. El amor, que tiene piernas, querría correr hacia Dios, pero su impulso es ciego, y uno tropezaría, de no estar dirigido por los ojos de la prudencia.

Una mujer joven y bella, viuda de un miembro del Parlamento que murió en la flor de la edad, estaba abrumada por la pena. Quería retirarse del mundo y fundar una Orden religiosa. Consultó al Padre Pío: "Señora, antes de santificar a los demás, piense en santificarse usted misma".

A un masón convertido, el Padre le dijo: "Todos los sentimientos, cualquiera sea su fuente, tienen algo de bueno y algo de malo. A usted corresponde asimilar sólo lo bueno y ofrecérselo a Dios".

Como una señora admitiera que tenía cierta inclinación a la vanidad, el Padre comentó: "¿Ha observado usted un campo de trigo maduro?. Unas espigas se mantienen erguidas, mientras otras se inclinan hacia la tierra. Pongamos a prueba a los más altivos, descubriremos que están vacíos, en tanto los que se inclinan, los humildes, están cargados de granos".

Una señora le preguntó qué oración era más apreciada por Dios. Él contestó: "Toda oración es buena cuando es sincera y continua".

Es tal el orgullo del hombre, dice el Padre, que cuando es feliz y poderoso se cree igual a Dios. Pero en la desgracia, librado a sus solas fuerzas, se acuerda del Ser Supremo.

Dios enriquece al hombre que ha hecho el vacío en sí mismo.

En la vida espiritual siempre hay que ir adelante, jamás retroceder. De otro modo, le ocurre a uno lo que al barco que ha perdido el timón: es rechazado por los vientos.

No es faltar a la paciencia el implorar a Jesús el fin de nuestros sufrimientos, cuando exceden nuestras fuerzas. Siempre nos quedará el mérito de haber ofrecido nuestros dolores.

La mentira es el engendro de Satanás.

La manía de los ¿Por qué?, ha sido calamitosa para el mundo.

La humildad es verdad. La verdad es humildad.

Una buena acción, cualquiera sea su causa, tiene por madre a la Divina Providencia.

La oración es la llave que abre el corazón.

No lo olvidéis: el eje de la perfección es el amor. Quien está centrado en el amor, vive en Dios. Porque Dios es Amor, como lo dice el Apóstol.

En marzo de 1923, una penitente preguntaba al Padre qué debía hacer para santificarse. "Desate sus lazos con el mundo". Una amiga, sabiendo que ella llevaba una vida muy retirada, hizo un gesto de sorpresa. El santo se volvió hacia ella y le dijo, con bastante sequedad: "Señora, uno puede ahogarse en alta mar, y también puede sofocarse hasta el ahogo con un simple vaso de agua. ¿Dónde está la diferencia?. ¿Acaso no es la muerte, en cualquiera de esas formas?".

Recuerde, dijo el padre a uno de sus hijos espirituales, que la madre empieza a hacer caminar al niño sosteniéndolo. Pero luego, éste debe caminar sólo. También usted debe aprender a razonar sin ayuda.

A una señora excesivamente servicial, que se quejaba de no poder hacer nada por él: "El general es el único en saber cómo y cuándo ha de emplear al soldado. Espere su turno, señora".

Pecar contra la caridad es como destrozar la pupila de Dios. ¿Qué hay más delicado que la pupila del ojo ?. El pecado contra la caridad equivale a un crimen contra natura.

El amor y el temor deben estar unidos: el temor sin amor se vuelve cobardía. El amor sin temor, se transforma en presunción. Entonces uno pierde el rumbo.

Sin obediencia no hay virtud. Sin virtud no hay bien. Sin bien no hay amor. Sin amor no hay Dios. Y sin Dios no hay Paraíso.

En una estampa representando la Cruz, el Padre escribió estas palabras: "El madero no os aplastará. Si alguna vez vaciláis bajo su peso, su poder os volverá a enderezar".

Para Andrés Lo Guercio, que viniera de América a visitarlo, escribió en una imagen del Sagrado Corazón: La humildad y la pureza son las alas que nos llevan hacia Dios y casi nos divinizan. No se olviden que un malhechor que se sonroja de sus actos está más cerca de Dios que un hombre de bien que se sonroja de tener que trabajar.

Al señor Natal Selvatici, de Bolonia: No olvide que el hombre tiene un espíritu, que tiene un cerebro para razonar y un corazón para sentir, que tiene un alma. El corazón puede estar regido por la cabeza, pero el alma no. Por lo tanto, debe existir un Ser Supremo que la dirija.

A un penitente que había vivido en el vicio, y que le preguntaba si, cambiando de vida, alcanzaría el perdón y moriría en la fe, le contestó: Las puertas del Paraíso están abiertas a toda criatura. Acuérdate de María Magdalena.

El tiempo que se pierde en ganar almas a Dios, no es tiempo tontamente perdido.

Guardad en lo más hondo del espíritu las palabras de Nuestro Señor: "A fuerza de paciencia, poseeréis vuestra alma".

Jesús os guía hacia el Cielo por campos o por desiertos. ¿Qué importancia tiene?. Acomodaos a las pruebas que Él quiera enviaros, como si debieran ser vuestras compañeras para toda la vida. Cuando menos lo esperéis, quizás queden resueltas.

Los grandes corazones ignoran los agravios mezquinos.

El anhelo de la paz eterna es legítimo y santo, pero debe ser moderado para una total resignación a los designios del Altísimo: más vale cumplir la Voluntad Divina en este mundo que gozar en el Paraíso. Sufrir y no morir, era el ‘leit-motiv’ de Santa Teresa. El Purgatorio es un lugar de delicias, cuando se lo soporta por voluntaria elección de amor.

El demonio es como un perro encadenado: si uno se mantiene a distancia de él, no será mordido.

Las tentaciones, el bullicio, las preocupaciones, son las armas de nuestro enemigo. No lo olvidéis: si hace tanto ruido, es señal de que está afuera y no dentro. Lo que debiera espantarnos sería que reinase la paz y la armonía entre nuestra alma y el demonio.

Las tentaciones emanan de lo innoble y de las tinieblas. Los sufrimientos, del seno de Dios: Las madres vienen de Babilonia, las hijas de Jerusalén. Despreciad las tentaciones, recibid las vicisitudes con los brazos abiertos.

Gólgota: Una cima cuya ascensión nos reserva una visión beatifica de nuestro amado salvador.

Si Jesús se manifiesta a vosotros, dadle gracias. Si se os oculta, dadle gracias. Todo esto es un juego de amor para atraernos dulcemente hacia el Padre. Perseverad hasta la muerte, hasta la muerte con Cristo en la Cruz.

El don sagrado de la oración está a la derecha del Verbo, nuestro Salvador, en la medida en que vaciéis vuestro Yo de sí mismo, es decir, del apego a los sentidos y a vuestra propia voluntad. Echando raíces en la santa humildad, el Señor hablará a vuestro corazón.

Practicad con perseverancia la meditación a pequeños pasos, hasta que tengáis piernas fuertes, o más bien alas. Tal como el huevo puesto en la colmena se transforma (a su debido tiempo) en una abeja, industriosa obrera de la miel.

El corazón de nuestro Divino Maestro no conoce más que la ley del amor, la dulzura y la humildad. Poned vuestra confianza en la divina bondad de Dios, y estad seguros de que la tierra y el cielo fallarán antes que la protección de vuestro Salvador.

Caminad sencillamente por la senda del Señor, no os torturéis el espíritu. Debéis detestar vuestros pecados, pero con una serena seguridad, no con una punzante inquietud.

Permaneced como la Virgen, al pie de la Cruz, y seréis consolados. Ni siquiera allí María se sentía abandonada. Por el contrario, su Hijo la amó aún más por sus sufrimientos.

Por los golpes reiterados de su martillo, el Artista divino talla las piedras que servirán para construir el Edificio Eterno. Puede decirse con toda justicia que cada alma destinada a la gloria eterna es una de esas piedras indispensables. Esos golpes de cincel son las sombras, los miedos, las tentaciones, las penas, los temores espirituales y también las enfermedades corporales. Dad pues, gracias al Padre celestial por todo lo que impone a vuestra alma. Abandonaos a Él totalmente. Os trata como trató a Jesús en el Calvario.

El Padre Pío es nuestro sendero claro y bien señalizado hacia el amor del Padre Eterno, a través de Jesús y María. Tenemos que tenerlo presente, conocerlo, familiarizarnos con él. Quien sienta un profundo amor por el Santo del Gargano, y llegue a sentir como él sintió, habrá encontrado la forma de vivir esta vida con la alegría y entrega necesarias como para esperar la vida eterna con paz verdadera.

El perder el temor a la muerte, el desapegarse de las cosas de este mundo, es la primer gran puerta al crecimiento espiritual y a la conversión de nuestra alma. Él es un salvavidas tendido a nuestras manos, para que podamos aferrarnos y enfrentar con confianza el oleaje que el demonio nos propone a lo largo de una vida rodeada de miserias, egoísmo, vanidad, cobardía, envidia, odio, tristeza, arrogancia y falta de esperanza y fe.

Busquemos a Dios donde Él se encuentra, Pío es una fuente que no podemos desperdiciar!